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Refugiados, sin patria ni esperanza

Hernán Urbina Joiro escritor

Humanidad sin refugio, lejos de casa y también en ella. Los refugiados huyen de la muerte y donde pisan asustan a quienes los contemplan llegar. Todos en estampida buscar correr hacía donde mejor creen poder guarecerse.

Uno de los pilares de la biología es que se rechaza todo aquello que se percibe como «distinto». Es la base de la inmunidad contra las infecciones y los tumores, pero también es causa de las enfermedades autoinmunes, al confundirnos nuestras mismas células guardianes con un enemigo y es esa también la causa de las guerras.

No es menos válido decir que eso que amenaza puede dejar de hacerlo, en grado diverso, cuando se le empiezan a notar rasgos que resultan familiares. Siempre se ha podido dejar de reaccionar contra lo que amenazaba, aunque, de veras, eso que entrañaba peligro siga teniendo su naturaleza invariable.

Es posible adquirir tolerancia a eso que no soportábamos y esto no tiene que significar indiferencia o desdén, sino justamente lo que la expresión indica: dejar de ser sectario, saber más, conocer otras significaciones acerca de eso que intimida o que cambió súbitamente de forma intimidante.

Humanidad sin refugio

En la actual estampida de hombres, mujeres y niños que huyen de la muerte en Siria o en Yemen o Venezuela reside la misma dinámica de la naturaleza «distinta» de esas personas amenazadas que huyen de su suelo y que luego son amenazados por otras gentes «distintas» en el suelo que pisan buscando refugio.

Ha sido el sino de las diásporas desde milenios, desde siempre, el acaso de los grupos errantes y despreciados por prejuicios como ser pobres o presuntamente peligrosos.

Los asaltos y los abusos no acaban para los refugiados al salir de sus pueblos. Cada vez son más numerosas las denuncias de abusos sexuales a mujeres refugiadas.

La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) no cesa en alertar que las mujeres e inmigrantes que transitan por Europa corren alto riesgo de ser víctimas de abusos y lo mismo se conoce de las mujeres que escapan de la desesperanza en Venezuela.

Niñas y mujeres adultas aseguran haber sido forzadas a mantener relaciones sexuales para «pagar» y proseguir su viaje. Otras que no quieren retrasar su viaje, no denuncian los abusos ni buscan ayuda médica. Algunas se casaron «por desesperación» y para evitar nuevos abusos.

Humanidad lejos de casa y también en ella

América vive su propio drama por refugiados. Colombia lidera la lista latinoamericana de personas asilada y que piden refugio. Se palpa aquí una Humanidad sin refugio, lejos de casa y también en ella .

Las diásporas crecen, las fronteras humanas se multiplican por el miedo a los que llegan, creando sus propias fronteras mentales, sus realidades fantasmales. El pensador y neurofisiólogo chileno, Humberto Maturana, podría ayudarnos a entender mejor estas realidades que aquí se aluden.

Maturana planteó un tremendo paradigma en 1960 al publicar sus investigaciones en donde concluía que el ojo de la rana construye su realidad, que no la representa, que la rana ve lo que necesita, por ejemplo insectos, y no se molesta en representar —y por lo tanto mirar como cuestiones existentes—, a otros animales de movimientos lentos, que de momento no les interesa.

Con esto, Maturana puso de presente que los seres vivos suelen inventar sus realidades, lo que podría decirse de este modo: la realidad trascurre, realmente, a nuestro interior.

Habría incluso una «realidad» para cada persona y eso debe invitarnos a conocer, a tratar de entender lo que han construido los otros en sus mentes e incluso a ser responsables al momento de proponer a otros «nuestra realidad». El alambre de púas que nos separa de los refugiados estaba antes, en nuestra preconcepción.

Mucho y grande sufrimiento se sigue generando con el uso perverso de la razón para discriminar, rechazar y dominar. Toda nuestra cultura, sus ideologías y su ciencia, la hemos inventado, en principio, para derrotar el miedo, la duda, la incertidumbre, para sobrevivir, pero se pasa por alto que mucho de eso que ha sido inventado, nuestras fronteras, nuestras realidades fantasmales, incluso hasta en principio con un propósito «altruista», luego podría empezar a aniquilar y a generar sufrimiento. Digámoslo, por fin, en palabras de Wordsworth:

En nuestra debilidad, creamos distinciones, y
después
Creemos que nuestras pueriles fronteras son cosa
Que percibimos, y no que hayamos creado.

Humanidad apátrida

Cada diez minutos nace un niño apátrida en alguna parte del mundo, nacen por lo menos 70.000 niños apátridas cada año, ha denunciado ACNUR, que en un informe divulgado a finales de 2015 mostró cómo el desplazamiento deja cicatrices que acompañarán de por vida a los niños apátridas.

Según la ACNUR, «en el corto tiempo en que los niños pueden ser niños, la apatridia puede grabar en piedra serios problemas que los perseguirán durante toda su infancia y los condenarán a una vida de discriminación, frustración y desesperación». ACNUR propone darles a los niños la nacionalidad del país en donde nacen, si de otra manera se convertirían en apátridas; reformar las normas para facilitar que las madres transmitan a sus hijos la nacionalidad en igualdad de condiciones con los padres; garantizar el acceso universal al registro de nacimientos para prevenir la apatridia y eliminar leyes y prácticas que privan a los niños de la nacionalidad por causa de su etnia, raza o religión.

Los que escapan de la muerte, sea por la guerra o por el hambre, no necesitan obsequios sino, ante todo, que les permitan ejercer eso que mejor saben hacer para propiciar su vida con dignidad y la del resto de sus congéneres.

Humanidad sin refugio, lejos de casa y también en ella

*Imagen con Licencia Pixabay.

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Hérnan Urbina Joiro
Hérnan Urbina Joiro
Escritor y humanista colombiano.

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