Personas y momentos que nos hicieron
Entrega 4
Antes de que tres libros llegaran a mis manos, ya habían entrado en mi vida por una puerta que yo todavía no sabía reconocer. Tres historias aparecieron desde muy lejos y comenzaron a explicarme, en secreto, cosas que estaban ocurriendo demasiado cerca.
Antes de poder leerlos, comencé a vivirlos. En San Juan del Cesar no existían bibliotecas ni librerías donde un niño pudiera encontrar a Lewis Carroll, Charles Dickens o Emily Brontë. Aquellas historias llegaron hasta mí por la televisión venezolana, convertidas en voces, nieblas, casas antiguas, fantasmas y personajes que parecían venir de otro mundo, aunque muy pronto descubrí que también estaban hablando del mío.
Yo tendría nueve o diez años. La Guajira atravesaba la bonanza marimbera. El dinero aparecía de repente, trastornaba las jerarquías y el orden, compraba voluntades y parecía conceder razón a quien poseyera más poder. En medio de aquella realidad, conocí Alicia en el país de las maravillas, Un cuento de Navidad y Cumbres borrascosas a través de Radio Caracas Televisión. Fueron las primeras obras que después me apresuré a buscar en Bogotá cuando tuve la posibilidad de leerlas en una biblioteca universitaria y luego comprarlas en una librería. Sigo releyendo cada cierto tiempo estos tres libros.
En mi pueblo las asimilé como puede hacerlo un niño, pero con los sentidos abiertos para reconocer verdades antes de saber explicarlas. En Alicia en el país de las maravillas encontré un mundo donde las palabras habían perdido la cordura y la autoridad pretendía convertir el capricho en ley. La Reina podía ordenar primero la sentencia y dejar para después el veredicto. A mi alrededor también veía hombres que dictaban condenas, incluso a muerte, antes de escuchar, y personas que se erigían en jueces porque desconfiaban de los tribunales. La sinrazón de Carroll se parecía demasiado a ciertas sinrazones de la vida.

Alicia me enseñó que una injusticia no deja de ser absurda porque la pronuncie alguien poderoso. También me enseñó que las palabras podían revelar el engaño. Cuando la niña se atreve a decir que aquellos seres temibles no son más que cartas, el poder comienza a deshacerse.
Tal vez allí también nació mi predilección por las frases cortas capaces de contener una revelación. Los aforismos de la obra de Carroll me mostraron que unas pocas palabras podían desmontar una solemnidad, contradecir una mentira o abrir una puerta hacia la sabiduría. Con los años busqué esa condensación en mis canciones, en mis poemas y en mis libros. He procurado que una frase pueda ser recordada después de que se haya olvidado el resto de la página.
Charles Dickens me produjo otra clase de asombro. En Un cuento de Navidad, Scrooge vivía rodeado de dinero, aunque se había empobrecido por dentro. Había convertido la ganancia en medida de todas las cosas y la dureza en una forma de protección. Los fantasmas lo obligaron a mirar lo que había sido, lo que estaba causando y aquello en lo que podía convertirse.
En esos mismos años de la bonanza marimbera, cuando el dinero parecía absolverlo todo, aquella historia sembró en mí la certeza de que la riqueza no hace más humano a quien la posee. Puede incluso apartarlo de los demás, endurecerlo y dejarlo solo en una habitación fría.
Un cuento de Navidad también enseña que nadie está condenado definitivamente a ser quien ha sido. Scrooge pudo transformarse porque fue capaz de recordar, sentir compasión y temer el daño que podía dejar en los otros. Esa posibilidad de redención me ha acompañado desde entonces. He procurado comprender a los seres humanos incluso cuando se equivocan, porque una vida no puede juzgarse por un único instante ni por una sola falta.
La escritura de Un cuento de Navidad ya es otra cosa. Comienza afirmando que Marley ha muerto. Dickens podría haber continuado inmediatamente la historia, pero se demora magistralmente alrededor de aquella noticia mediante una digresión sobre un clavo de puerta y un clavo de ataúd. Cuando lo leí, quedé cautivado por esa forma de narrar. Comprendí que un relato podía detenerse sin perder el movimiento, que un detalle podía contener una escena entera y que la respiración de la prosa dependía tanto de avanzar como de saber permanecer.
De Dickens se aprende a mirar despacio. A no atravesar una habitación sin escuchar sus ruidos. A no describir un rostro sin preguntarse qué historia guarda. A comprender que una casa, una ventana, una sombra o un objeto pueden revelar tanto como las palabras de un personaje.
Después apareció en la televisión venezolana Cumbres borrascosas. No podía comprender plenamente las diferencias de clase, las herencias o los matrimonios convenientes que separaban a Catherine y Heathcliff. Sí comprendí, en cambio, que los unía una fuerza que desbordaba las normas sociales y parecía continuar más allá de la muerte.
«La literatura comienza a formarnos antes de que sepamos interpretarla.
A veces un niño encuentra en mundos imaginarios
las primeras palabras para reconocer
el absurdo, la compasión, la libertad y la pasión que lo rodean»
Para un niño criado en una sociedad todavía tan conservadora, aquella historia fue una revelación. El amor no pedía permiso a las convenciones. No consultaba la fortuna, el rango ni la conveniencia. Nacía en un lugar más profundo y podía enfrentarse al mundo entero.
Pero el amor no se presenta allí como una fuerza pura e inofensiva. La pasión de Catherine y Heathcliff también podía convertirse en resentimiento, posesión y venganza. El amor desafiaba las convenciones, pero, cuando se llenaba de dolor y deseo de dominio, destruía cuanto encontraba a su paso.
Allí se aprende que el amor puede vencer las distancias sociales y sobrevivir en la memoria, pero no debe convertir al ser amado en una propiedad. El amor puede sobreponerse a la muerte. Lo que no puede hacer sin corromperse es negar la libertad.
La escritura de Cumbres borrascosas es el paisaje de la pasión. El viento, los páramos, las ventanas y las casas parecían sentir junto a los personajes. Allí se comprende que la naturaleza no tiene por qué ser un decorado, que puede ser una extensión del alma.
Cuando regresé a Bogotá en enero de 1983, aquellas historias volvieron a buscarme. Las casas antiguas de Chapinero, sus escaleras de madera, los torreones, los ladrillos rojos, la niebla y la lluvia parecían haber salido de las estampas que conservaba desde la infancia. Una de aquellas viviendas podía ser la casa donde Scrooge había esperado a los fantasmas, la granja donde Heathcliff continuaba escuchando a Catherine o la casa desde la cual Alicia había seguido al conejo. Por eso escribí en un poema de ese año que, en apenas dos horas, había podido transitar entre San Juan del Cesar, Valledupar, Bogotá y Londres.
Aquellas tres historias comenzaron a formar, sin que yo lo advirtiera, un pensamiento literario y una concepción ética. Todavía sigo a Alicia cuando enfrenta el absurdo. Todavía acompaño a Scrooge en la noche en que recupera su humanidad. Todavía escucho a Heathcliff llamar a Catherine más allá de la muerte
Si esta historia le interesó…
Mi relación con aquellas primeras lecturas, con Bogotá y con las casas imaginadas de Carroll, Dickens y Brontë quedó también plasmada en un poema escrito en 1983.
Te invito a leerlo: https://hernanurbinajoiro.com/hernan-urbina-joiro-poema-20-1983/