Sartre entendió algo que nuestra época hiperconectada parece olvidar con una obstinación casi cómica. Nadie se realiza en el aire puro de una soledad abstracta. La persona necesita estar en el mundo, en el trabajo, en la conversación difícil, en la mirada ajena, en la incomodidad de los otros y en esa intemperie donde la vida deja de ser teoría y se vuelve destino compartido.
La sociedad no es un simple escenario donde aparece el individuo ya terminado. Es más bien el taller donde se va formando. Allí se pule la voluntad, se educa el deseo, se corrige la soberbia, se aprende el límite y se descubre que la felicidad no puede ser una propiedad privada sin vecindario moral. Somos seres sociales no por conveniencia administrativa, sino porque la humanidad se reconoce, se hiere, se repara y se eleva en relación con otros.
Por eso el bien común no debería ser una fórmula envejecida de manual cívico. Es una de las pocas ideas capaces de salvarnos de la vanidad contemporánea. En tiempos donde cada quien se anuncia como centro del universo, recordar la vida común es casi un acto de resistencia intelectual. No nacimos para convertirnos en islas con conexión inalámbrica. Nacimos para una convivencia exigente, imperfecta, luminosa a ratos, fatigosa muchas veces, pero necesaria.
Incluso quien vive de contaminar las conversaciones digitales confirma, sin saberlo, la tesis que pretende negar. El provocador de las redes necesita público, réplica, escenario y comunidad. Su aparente desprecio por los otros es una confesión invertida de dependencia. Nadie puede hacer ruido social desde una cueva vacía. Hasta la agresividad necesita una plaza.
La pregunta, entonces, no es si necesitamos de los demás. Sí los necesitamos. La pregunta es qué hacemos con esa necesidad. Puede volvernos mezquinos, tribales, vengativos y ansiosos de aplauso. Pero también puede enseñarnos cooperación, responsabilidad, ternura civil y grandeza compartida.
Avanzar en sociedad no significa pensar igual, sentir igual ni obedecer al mismo coro. Significa aceptar que lo mejor del ser humano no florece contra los otros, sino entre los otros. La felicidad, cuando es seria, siempre tiene algo de casa abierta. El bien común, cuando es verdadero, no aplasta la singularidad, la vuelve más habitable.
Al final no se trata sólo de vivir juntos. Se trata de merecer esa compañía.
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