La pobreza y el cambio climático suelen presentarse como dos capítulos distintos de la crisis contemporánea. Esa es una comodidad administrativa, pero no una verdad. En la vida real, donde no hay columnas para analizar, sino techos débiles, cultivos sedientos y niños cruzando el barro, ambos problemas se abrazan con una eficacia casi cruel. La pobreza reduce la capacidad de protegerse del clima, y el clima desordenado aumenta la pobreza con una puntualidad que ya quisieran muchas políticas públicas.
Por eso no basta con sembrar árboles en la conciencia y seguir talando el sentido común en las decisiones económicas. La acción climática sin justicia social puede volverse una vitrina verde para sociedades muy satisfechas de su sensibilidad. Y la política social que ignora el cambio climático termina pareciéndose a quien repara una casa sin mirar que el río ya viene subiendo por la puerta.
El exceso, entonces, no es solo una cifra de consumo. Es una filosofía de la abundancia sin responsabilidad. Durante demasiado tiempo confundimos desarrollo con acumulación, bienestar con gasto, progreso con velocidad y felicidad con una tarjeta aprobada. La atmósfera, siempre tan discreta, recibió los residuos de esa fiesta y guardó la cuenta. Ahora la presenta con intereses, y lo más irónico es que muchas veces cobra primero en los barrios, campos y países que menos participaron del banquete.
De allí la expresión «un exceso perfecto». Perfecto no por admirable, sino por su mecanismo. Los beneficios se concentran, los daños se dispersan y la culpa se vuelve tan global que todos parecen inocentes. Es una obra maestra de la irresponsabilidad compartida.
Un humanismo serio debería incomodarse ante esa arquitectura moral. No para repartir sermones, que ya abundan como plástico en el mar, sino para proponer una sobriedad inteligente, una reparación posible y una justicia que no llegue tarde. Defender el clima no es salvar una postal de montañas limpias. Es defender el derecho a respirar, sembrar, beber agua y dormir sin que el cielo se vuelva enemigo.
Tal vez vivir mejor empiece por consumir menos vanidad y más porvenir.
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