Escritor y poeta colombiano. Sitio oficial.

Hernán Urbina Joiro durante sus años de formación médica en México

Personas y momentos que nos hicieron

Entrega 13

 

Algo se cerró sobre mí una tarde y, al mismo tiempo, abrió un camino que llevaba años esperando. Al principio solo pude reconocer el dolor. La verdadera transformación permanecía escondida y tardaría en mostrarme que no todas las pérdidas vienen a quitarnos algo.

 

En cierto modo, México me hirió una mano y me regaló una escritura nueva. Llegué a Ciudad de México en febrero de 1994 para realizar una segunda especialización médica. Llegaba a una ciudad cuya historia había comenzado sobre el lago de Texcoco y que desafiaba lo imposible, cimentada sobre aguas como se hace poesía. Allí se cambiaban de lugar los puentes como se cambian melodías. Desde aquella primera visión, el valle comenzó a parecerme una inmensa metáfora.

Me instalé solo en Ciudad de México y me entregué a la medicina. En el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán encontré un ambiente de rigor, estudio e investigación. Venía de obtener en Colombia dos premios nacionales de medicina por trabajos científicos y, durante mi primer año en México, fui el único residente de toda la especialización que logró clasificar para el Congreso del Colegio Americano de Reumatología, en San Francisco, con una investigación original.

El camino parecía claro. Leía solo artículos, tratados y publicaciones médicas. La escasa literatura que había acompañado mi infancia y mi adolescencia estaba relegada. Entonces llegó el viernes 13 de mayo de 1994.

Regresé agotado a mi apartamento. Acababa de comprar una nevera y la puerta giratoria de la cocina había quedado atrapada detrás de ella. Para sacarla de su posición debía introducir uno o dos dedos por el pequeño espacio de la puerta entreabierta y halarla hacia mí.

—A esto hay que ponerle una manija —me dije.

Hice un nuevo intento con la mano derecha. No alcancé a retirar los dos dedos. La puerta los aprisionó contra el marco. El dolor fue indecible, la sangre, abundante e incontenible. La mano con la que examinaba pacientes, escribía fórmulas médicas, tomaba notas y componía versos estaba lesionada.

Llegué al Instituto Salvador Zubirán confundido por el dolor y la hemorragia. Fueron necesarias unas diez horas para reconstruir mi mano derecha mediante injertos tomados del pie y de la cresta ilíaca. De repente, el joven inquieto como el viento estaba inmovilizado.

Vivía solo. La ciudad inmensa que había contemplado desde el avión adquirió otra proporción durante la convalecencia. Ya no era únicamente el valle desmesurado de las avenidas y las multitudes. Era también el lugar donde debía aprender a esperar, soportar el dolor y preguntarme cuánto de mi vida dependía de aquella mano vendada.

Una amiga fue a visitarme y llevó hasta el apartamento un libro. Era El laberinto de la soledad. Comencé a leerlo sin sospechar lo que iba a ocurrir. Muy pronto quedé cautivado por la estilística de Octavio Paz, por la claridad desconcertante de sus ideas y por aquella poesía que se filtraba dentro de la prosa sin pedir permiso. Había frases que parecían pensar y cantar al mismo tiempo. Las repetía en voz alta. Algunas llegaron a acompañarme durante tantas noches que podía recitarlas de memoria.

Collage de tres libros de Octavio Paz, «Piedra de sol», «Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe» y «El laberinto de la soledad»
Tres libros de Octavio Paz que acompañaron mi regreso a la literatura.

México volvía a abrirse ante mí, pero ya no solamente como una ciudad. A través de Paz aparecieron su historia, sus máscaras, su soledad, sus fiestas, sus muertes y la profundidad de una cultura capaz de convivir con los antepasados. Comprendí mejor las guirnaldas de Coyoacán que espantan la tristeza para que los vivos puedan departir alegremente con sus muertos. Reconocí en el chocolate amargo, el chile y el mole una manera de reunir sabores opuestos sin destruir ninguno.

Lo dulce podía contener lo amargo. Lo doloroso podía encender el pensamiento. La soledad podía convertirse en revelación. Cuando terminé el libro, pregunté a mi amiga:

—¿Qué más tiene este señor?

Entonces me llevó Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe y una selección de la poesía de Paz. Aquellos libros cambiaron mi manera de mirar y de escribir. Con ellos comprendí que la esperanza jamás dice todas sus palabras, que siempre queda una más, escondida y atenta para salir. Aprendí que una tragedia puede surgir durante la noche y comenzar a morir en esa misma noche. También aprendí por ese tiempo a resucitar junto a las uvas vertidas en chorro dentro de la copa.

La lesión me había obligado a detenerme, pero la lectura volvió a ponerme en movimiento. La mano herida había interrumpido temporalmente mi trabajo médico. Sin embargo, mientras los dedos se recuperaban, otra parte de mí también comenzaba a sanar. El joven que se había alejado de la literatura encontraba de nuevo el camino de regreso.

Literalmente, de la mano de Octavio Paz retomé el camino y además llegué a los autores que él citaba. Leí a Rimbaud, a Valéry, a los poetas provenzales y a distintas voces anglosajonas. Cada referencia abría una puerta. Cada puerta conducía hacia una biblioteca más extensa. No abandoné la ciencia. Regresé a la literatura.

Recuperado física y emocionalmente, comencé a retirarme durante mis horas libres a las cafeterías de Ciudad de México. Allí escribía versos en servilletas de papel. La respiración de mis poemas se mezclaba con las cadencias aprendidas en Paz, mientras el pensamiento se encendía con las imágenes recogidas en las calles mexicanas.

Escribía entre el ruido de las tazas, las conversaciones ajenas, los meseros que iban y venían y la multitud que continuaba moviéndose más allá de los ventanales. La ciudad se convertía en ritmo. Los volcanes, en reproche. El lago desaparecido, en nostalgia. Las chinampas, en esperanza.

Escribí el poema «Rimas del Valle del Anáhuac» y tomé prestado aquel valle para llorar mi propia noche triste. Me imaginé huyendo de la desgracia en una canoa, sin caballo, aliados ni armadura, mientras leía a Paz bajo la luna.

«Una mano herida detuvo temporalmente mi trabajo médico,
pero puso de nuevo en movimiento al escritor que había quedado relegado.
Octavio Paz convirtió la convalecencia en una puerta,
y México en el territorio donde la ciencia y la poesía volvieron a encontrarse»

La historia de Cortés, Moctezuma y Cuauhtémoc se transformó en un lenguaje para nombrar mis propios dolores. No pretendía confundir mi sufrimiento con las tragedias de México. Buscaba en sus símbolos una forma de comprender lo que me ocurría. Eso hace la poesía. Toma una historia que parece ajena y descubre dentro de ella una emoción que también nos pertenece.

En esos versos pedí que me cedieran todo el Valle del Anáhuac para suspirar. No solicitaba un territorio. Pedía una resonancia, un eco suficientemente amplio para que mi emoción encontrara dónde decirse.

Leyendo a Octavio Paz en la revista Vuelta, volví a sentir el deseo de participar en la conversación pública. Desde México envié una columna de opinión a El Heraldo de Barranquilla y al Diario Vallenato con motivo de la muerte del gran médico Eduardo Arredondo. Después seguiría colaborando durante años con distintos periódicos.

Al regresar a Colombia en 1996 fundé la revista Romanceros. Escribí columnas para El Tiempo, Vanguardia Liberal, El Pilón y otros medios impresos. Poco después comencé a proyectar mi primer libro de ensayos, Entre las huellas de la India Catalina. Todo aquello había encontrado impulso en la obra de Octavio Paz.

Por eso, cuando recuerdo mi vida en México, no pienso solamente en logros médicos, investigaciones u hospitales. Pienso en aquella mano lastimada. Pienso en una amiga entrando a mi apartamento con un libro. Pienso en el joven convaleciente que comenzó a leer y descubrió que una parte de sí mismo, casi olvidada, seguía viva.

La ciencia me había llevado a México. La poesía me permitió habitarlo. Aún conservo la imagen de aquellas cafeterías donde escribía sobre servilletas. La última fue la cafetería Sanborns del Centro Comercial El Palacio de Hierro. Allí escribí el poema número cien, «La suerte está echada». No podía saber entonces cuánto viajaría después esa expresión dentro de mi vida.

Muchas de aquellas servilletas, hojas y apuntes fueron guardados entre los libros de Octavio Paz que mi amiga me había obsequiado. En ellos estaban mis lecturas, mis anotaciones y buena parte de la poesía que escribí durante aquel tiempo. En el viaje de regreso los perdí. Los libros quedaron para siempre en México. Con ellos quedaron también numerosos versos míos, escondidos entre las páginas de Paz.

Más tarde procuré rescatar cuanto pude recordar o encontrar de aquellos poemas. Reuní los fragmentos sobrevivientes y decidí nombrar ese libro Rimas del Valle del Anáhuac. No podía recuperar las páginas perdidas. Podía ofrecerles una casa a las palabras que habían regresado conmigo.

México me enseñó que algunas pérdidas no terminan de perderse, que permanecen trabajando en nosotros, transformándose en memoria, en búsqueda o en escritura. Quizá por eso sus habitantes hacen convivir a los muertos con los vivos. Saben que lo desaparecido puede continuar participando de la existencia.

A veces pienso que aquellos libros de Octavio Paz aún existen y guardan aquellos versos. Imagino que permanecen entre sus páginas, respirando junto a palabras que me enseñaron a escribir de nuevo. Me gusta pensar que alguien abrió un día uno de aquellos libros y descubrió una servilleta, una rima incompleta o una imagen del valle del Anáhuac trazada por una mano todavía adolorida, y que ese hallazgo también le entregó luz y alivio.

 

 

Si esta historia le interesó…

Mi vida en México, la herida de mi mano, el encuentro con Octavio Paz y los versos nacidos entre cafeterías y servilletas quedaron reunidos en «Rimas del Valle del Anáhuac».

Lo invito a leerlo: Poema 95. Rimas del Valle del Anáhuac.

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Hérnan Urbina Joiro

Escritor y humanista colombiano.

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