Existe una diferencia abismal entre ordenar los hechos y comprender la vida. La Historia es nuestra herramienta para lo primero: es el armario donde organizamos el tiempo, las fechas y los sucesos para que no nos abrume el caos. Es necesaria, sin duda.
Pero, como explico en mi libro La Ficción, la Historia y lo Humano, el orden no es sinónimo de sabiduría.
Para ilustrar esto, me gusta volver la mirada hacia el antiguo Egipto, específicamente a la sabiduría contenida en El cuento del náufrago. En aquella tradición, quien regresaba del abismo —quien había sobrevivido a la tormenta y al miedo— poseía un estatus especial. A ese viajero no se le pedían pruebas materiales ni bitácoras exactas. Se le pedía su voz. Se escuchaba su aventura.
Aquellos antiguos sabios entendían que lo humano pide mucho más que el reporte de «qué ocurrió». Lo que nuestra alma necesita verdaderamente es aprender cómo habitar el mundo después de la tormenta. Y esa lección, lamentablemente, rara vez la encontramos en los archivos; esa lección nos la entrega la voz viva de la narración.
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