Personas y momentos que nos hicieron
Entrega 16
Estuve cerca de Rafael Escalona durante casi treinta años. Uno de los grandes compositores de Colombia de todos los tiempos me concedió la ternura inmensa de llamarme y tratarme como hijo. Muchas de las palabras decisivas de mi vida vinieron de él, de su manera de mirar el mundo, de su sabiduría.
A Rafael Escalona lo vi mucho antes de conocerlo. Lo vi a través de las canciones que mi papá cantaba todo el tiempo. De manera que su voz, sus historias y su vida ya pertenecían a mi propia casa. Podía distinguir su rostro entre la multitud porque, desde muchacho, sentía que ya lo conocía.
Cuando lo vi por primera vez en 1982, tuve la extraña sensación de reencontrarme con alguien familiar desde la infancia. Yo había sido invitado como miembro adherente a una asamblea de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia, Sayco. Escalona acababa de regresar al país. Había sido cónsul en Panamá y entonces era jefe de Relaciones Públicas de Caracol. Pude acercarme y saludarlo. Fue un encuentro breve. Allí estaba el hombre que había entrado tantos años antes en mi vida por sus poderosas canciones.
En 1984 nos presentaron formalmente y comenzamos a coincidir en reuniones de Bogotá. Poco a poco, la admiración se convirtió en afecto y el afecto en una cercanía que ya no habría de romperse. Nos hicimos prácticamente inseparables. No pasaban dos o tres días sin que nos viéramos. Hablábamos por teléfono al amanecer, durante la tarde y antes de dormir. Siempre había algo que comentar, recordar, imaginar o planear. Algunas veces se quedaba en mi apartamento. Otras, yo me quedaba en el suyo.

Escalona fue el mejor amigo que jamás tuve. En él encontré al mismo tiempo al amigo, al hermano, al maestro y al padre. No fue distante ni solemne. Fue uno de esos seres que enseñan mientras conversan, que ayudan a construir la vida de quienes tienen cerca. Lo llamaba «papá» y él me decía «hijo» porque así lo sentíamos. En su compañía recibí algunas de las palabras definitivas de mi existencia.
Era ingenioso, regañón, sentimental y capaz de expresar mucho con apenas un gesto. Sabía mirar de una manera que podía contener al mismo tiempo una pregunta, una respuesta, un acertijo, una revelación. La precisión de su palabra no disminuía la emoción. Por el contrario, la concentraba. De él aprendí que una frase debe hacerse entender en el instante, como una sonrisa o un apretón de manos, y que antes de pensar en la cosecha hay que ocuparse en sembrar bien.
Sus versos ayudaron a construir nuestra identidad. Fueron nuestra lengua madre y nuestro pasaporte, una manera de reconocernos y de mostrarle al mundo quiénes éramos. En sus canciones cabían el antiguo Magdalena Grande, el Cesar y La Guajira, ese inmenso territorio humano y cultural extendido desde la cuenca del río Ranchería hasta las aguas donde el río Cesar se entrega al Magdalena.
Escalona convirtió las noticias de una comarca en una literatura universal. Sus personajes tenían nombres propios, pero sus alegrías, sus celos, sus ausencias y sus derrotas podían ser comprendidos en cualquier lugar. Su obra definió durante décadas lo que significaba ser vallenato. Lo hizo con picardía, claridad e ironía, con una música que parecía sencilla, pero escondía sabiamente su complejidad.
La amistad continuó atravesando los años, las ciudades, las alegrías y las enfermedades. En enero de 2007 estuvo alojado en mi apartamento de Cartagena. Una noche salíamos de un acto del Hay Festival en el Claustro de Santo Domingo. Mientras recorríamos el callejón de Los Estribos, se detuvo de pronto. «Nacho, me voy a morir», me dijo. Yo quise espantar aquel anuncio con una ocurrencia. «Embúa, primero me muero yo».
«Escalona fue el mejor amigo que jamás tuve.
En él encontré al compañero, al hermano, al maestro y al padre.
Lo llamaba “papá”, él me decía “hijo”.
Todavía hoy sigue faltándome».
Al día siguiente, cuando llegó a Bogotá, se sintió mal en el aeropuerto y pidió que lo llevaran a la Clínica Shaio. Se desplomó al entrar. Permaneció cerca de un mes en cuidados intensivos y salió con un nuevo marcapasos. Después me habló de la muerte con esa naturalidad suya que podía volver sencilla hasta la más terrible de las revelaciones. «Ya sé lo que es la muerte. Se apaga la película sin ningún problema. Pero a mí se me volvió a prender».
El 28 de marzo de 2009 lo visité en su apartamento de Bogotá. Llegó a la sala del brazo de Luz Marina. Caminaba despacio. Estaba más delgado y su voz sonaba fatigada, pero su lucidez permanecía intacta. Seguía siendo el mismo hombre ingenioso, cariñoso y sentimental que yo había conocido. Recordamos ocurrencias de los años ochenta y noventa, escuchamos canciones y lo vimos combatir el cansancio de tantas dolencias sin resignar su deseo de vivir. Su sonrisa parecía alumbrar la sala, aunque ya tuviera la fragilidad de un niño enfermo.
El 12 de mayo dieron un parte tranquilizador sobre su estado de salud en la Fundación Santa Fe. «Escalona se va a morir mañana», les dije a mi esposa y a mi hija. A la mañana siguiente cancelé toda mi consulta médica y pedí que me organizaran un vuelo de Cartagena a Bogotá y luego a Valledupar. Pasé la mañana pendiente de las noticias. Entonces anunciaron su muerte.
Durante mucho tiempo después, cada vez que llegaba al aeropuerto El Dorado sentía el impulso de dirigirme hacia su casa. Algunas veces llegué a indicarle al taxista que tomara la avenida Pepe Sierra y doblara por la avenida 19. Solo después recordaba que Escalona ya no estaría esperándome.
Escalona sigue faltándome de esa manera. Sin embargo, también continúa llegando. Regresa cada vez que alguien canta una de sus canciones. Retorna en sus versos, en su ironía, en su precisión y en esa manera suya de convertir una comarca en el centro del mundo.
Y es así porque en el vallenato de ayer y de hoy hubo un hombre revestido de majestad.
Y su nombre fue Rafael.
Si esta historia le gustó…
Disfrute de los poemas «Escalona I» y «Escalona II», incluidos en Canciones para el camino. Poesía escogida 1974–2019, de Hernán Urbina Joiro.




