Hay un instante en la historia de la literatura en el que la narración deja de ser ingenua. El relato ya no se limita a contar algo que ocurre, sino que comienza a reflexionar sobre el hecho mismo de contar. La aparición de Quijote marca cuando la ficción comenzó a mirarse a sí misma.
Ese momento tiene un nombre: Don Quijote de la Mancha.
No porque sea el primero en imaginar aventuras, sino porque convierte la ficción en un espejo donde la realidad se interroga. A partir de allí, el lector ya no es un espectador pasivo. Se vuelve cómplice, juez, intérprete.
En mi ensayo La ficción, la historia y lo humano profundizo en esta mutación decisiva y en sus consecuencias para nuestra manera de comprender el pasado y narrarnos el presente.
Este no es un libro sobre un personaje.
Es un libro sobre la transformación de nuestra conciencia histórica.
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