El poeta como historiador | Hernán Urbina Joiro | 2003

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El poeta como historiador | Hernán Urbina Joiro | 2003

El poeta como historiador | Hernán Urbina Joiro | 2003

Hernán Urbina Joiro en 2003 ante la Academia de la Historia de Cartagena de Indias

El poeta como historiador | Hernán Urbina Joiro | 2003
Adelantos de «Canciones para el camino. Poesía escogida 1974-2019».

 

El poeta como el historiador guarda registros fieles del devenir como de su propio acontecer. En 2003 logré los borradores de mi primer ensayo extenso sobre historia, pero el primer gran hecho histórico que recuerdo haber vivido y recitado ocurrió el 5 de octubre de 1974.

Fue la matanza de los bolivarenses en las calles de San Juan del Cesar. No sólo recurrí a la poesía para tratar de entender lo que realmente había sucedido, sino que además sentí la necesidad insalvable de dejar todo aquello grabado para otras generaciones.

En adelante, las grandes conmociones regionales de Colombia y el mundo, desde la época de la bonanza marimbera en los años setenta o la llegada de la nave Viking 1 a Marte el 20 de julio de 1976, hasta el más reciente proceso de paz colombiano, fueron objeto de mi poesía.

Todo, tal vez, por un intento de decirme a mí mismo: lo que quisiera que fuera recordado por los demás, finalmente se recordará de algún modo.

Una de las mejores definiciones de historia que conozca es la que dejó consignada Octavio Paz en El laberinto de la soledad: «Historia es conocimiento que se sitúa entre la ciencia, propiamente dicha, y la poesía. El saber histórico no es cuantitativo ni el historiador puede descubrir leyes históricas. El historiador describe como el hombre de ciencia y tiene visiones como el poeta».

El poeta como historiador | Hernán Urbina Joiro | 2003

Lo expresado por Paz también define buena parte de mi caminar en los últimos 30 años, valerme de mi formación como investigador médico para buscar pruebas que aclaren la historia.

Indagar cada documento posible aún de encontrar sobre la India Catalina, incluso el registro de su voz, de sus palabras, fue toda una epopeya, además porque buena parte de su vida, y las pistas para buscar lo demás, estaba en los versos épicos de Juan de Castellanos, en su Elegía de varones ilustres, el poema más largo en lengua española y uno de los registros más completos y fascinantes de la historiografía de América.

Además del ensayo extenso, que ya lleva dos ediciones y varias reimpresiones, fruto de mi investigación por 20 años, la historia de esa infamia, la ocultación de la India Catalina por odio neurótico a la época de la Conquista y sus personajes, también fue recogida por mi poesía:

POEMA 182. ¿Sabes por qué odias a la India Catalina?

Porque no la conoces,
porque no has tenido
documentaciones.
Te intranquiliza,
te moviliza —si no tienes pormenores— lo que más odias,
que te traicionen, que te entreguen, que te aniquilen,
lo asocias al tiempo de La Conquista.
¿Pero conoces su historia?
¿Dónde?
¿Has revisado los cronistas, La probanza de Álvaro de Torres
o lo que en su denuncia contra Heredia esgrime?
O sólo tenías tu miedo y oíste
de una india que ayudó a conquistadores
y eso te basta para ser uno de ellos, vomitadores
del odio cuando India Catalina dicen?

Si alguien señaló la traición por sentirse entregada
en época de Conquista
fue Catalina,
la nativa de Zamba,
cristiana convencida,
que se dio a la cruzada
de convertir a su gente descreída,
pero cayó de rodillas
derrotada,
desengañada
del ladrón de Castilla,
Heredia, ladrón del oro
que a manojos
ella ayudó a recabar
para costear
la campaña salvadora de sus parientes herrojos
por el pecar.

1536, 1537, en dos ocasiones
es ella quien acusa a su traidor,
fiel a sus convicciones,
pese a que el conquistador
era su marido
concubino,
pesó más el dolor
repetido en su destino,
secuestrada de menor
la redimen Dominicos,
se fue a salvar indios,
la perdió la decepción.

Pero tal vez aún no entiendas del todo
por qué al nombrarla
salta tu odio.

Porque odias de veras
a otra cosa en tu interior
que ella te recuerda,
como el neurótico odiador
que siente en el otro  
en su obra, en su voz,
a su enemigo interno, su auténtico heridor
que en otro proyecta,
triste cazador
por siempre de un fantasma que él mismo alberga.
Otra desidia
llevaría a odiar
sin razonar
a Catalina
y su historia desde 2006 develada,
la envidia,
pero esa se cura en la lidia
del triunfo honesto sin perfidias 
o yendo al psiquiatra.  

El poeta como historiador | Hernán Urbina Joiro | 2003

La obra poética de alguien también puede ser su mejor historiografía. En Canciones para el camino, mi poesía escogida entre 1974 y 2019, está todo lo que habría que decir, de alguna importancia, sobre mi vida,  aunque advirtiera en el poemario que: Lo que yo soy no puede verse / Ni a veces saberse / Sólo puede oírse.

Siempre me ha costado aceptar la expresión «Novela histórica». Cuando me siento a leer novelas es porque me he sentado a leer ficción, aunque la haya inspirado un hecho real. Cuando me siento a leer historia, estoy leyendo ensayos.

Pero algo extraño me ocurre con la poesía, siendo literatura, pero más sincera que la prosa. Al leer, incluso la historia en los libros de poesía, oigo a los personajes de carne y hueso decir verdades.

Es lo que me ocurre con el extenso poema épico de Juan de Castellanos y recordemos que Heinrich Schliemann, guiándose sólo por los versos de la Ilíada y la Odisea encontró en 1871 lo que la mayoría de expertos considera que son los restos de Troya y sus tesoros.

Otro momento histórico, angustiante e imborrable lo viví en 1985 desde el Hospital de San José, a poca distancia del Palacio de Justicia en llamas. Intenté dejar todo aquello grabado en un poema:


POEMA 32. Del palacio que sigue ardiendo

I

Aún es primavera en mi voz
y quisiera en lo alto cantar.
El 6 de noviembre mi rama quebró.
Cantaré en un alero de La Catedral
donde llegó el requemar
de dos noches.

Lleven esta voz, muchachos, donde
vayan como un cirio de este templo presencial,
caigan estos versos
como gotas de vela que quema al llorar.
Oye muchacho, oye muchacha, deben escuchar
los fastos del 5 y el 6 de noviembre
antes que fantasmas que solo mienten
los hagan mentir.

Sepan de gritos que allí,
al frente, morían y revivían entre llamas,
gritos apagados que han de resurgir
en otros gritos, en ustedes, en mí,
hasta que todos digan en la plaza:
«Lo del 5 y el 6 no repetirá».
«Lo del 5 y el 6 aclaró como el agua».
«Lo del 5 y el 6 no repetirá».
¿Qué otra cosa cantar?
El ave es del color de su canto.
Cantaré sin miedo, al fin y al cabo,
—¿no creen? —
tras los estruendos del 5 y el 6
una voz como la mía a nadie debe asustar.

II

Las voces se fueron quemando desde las doce del día.
Dos vigilantes, el administrador, fueron acallados
a fuego cerrado. En media hora el palacio caería.
De espanto callaron el Presidente, Ministros, delegados.
Un juicio convocó el M-19 ese día
malhadado, con el Congreso al frente,
a doscientos metros al tiente, y en doscientos metros más tenían
La Casa donde sabía el Presidente impotente
del palacio que ardería.

En los pisos del palacio
cada voz
se iba quemando.

En la plaza asegurada
con fuego atronador
un tanque derribó la principal de las puertas
del Palacio, de después de las dos. Un incendio brotó
desde la parte trasera, antes que se oyera
en Colombia la voz del doctor Echandía:
«Qué cese el fuego», pedía, mas también se quemaría su voz entrecortada.

El piso cuarto en que estaba se incendió a las cinco y media,
los bajaron al tercero, baños, escalón, ¡un agujero!,
cualquier escudero buscaban en la tragedia.

En los baños y escalones
se iban quemando
las voces.

Día seis, anochecida. Un cañonazo rompió
la fachada y su fuego se adentró al palacio en ardentía.
Los noticieros querían decirnos qué pasó,
pero pasaron futból, radio, televisión en cadena,
Millonarios y Unión Magdalena, cuando en palacio el horror
gritaba su propia historia que repicaría en la memoria
hasta el día de hoy,
pavor,
pavor,
pavor.

Gritos abrasados
en humo oscuro
escaparon,
otros impresos quedaron
en terco negro borrón,
en ruinas chamuscadas.
—28 horas— 100 almas quemadas
gimieron a un mismo clamor.

En las conciencias de entonces
se fueron quemando
todas aquellas voces.

III

Ahí están, muchachos, los escombros vacíos,
piedra sobre piedra el palacio removido.
¿Encontrarían lo perdido?
¡Cuánto se perdió en el calcinar!
Por las escaleras
yermas
dicen que hay voces que aún arden,
pero no es descifrable
lo que dicen.

Todos se han ido, pero aún no es tarde,
algún día se sabrá lo que piden
en el palacio, frente al templo, bajo el mustio cielo
donde por un tiempo no verán luceros
palpitar.

¡Muchachos, salgan de esta plaza ya!
Por el este.
Busquen el amanecer, tal vez les cuente
del día en que todos pronunciarán:
«Lo del 5 y el 6 no repetirá».

Fue Ernesto Graci quien dijo que «El recuerdo poético cumple una tarea histórica», y creo que también me ocupé de ello en estas Canciones para el camino, desde 1974.

 

VEA ADEMÁS:  POEMA 128 | Cartagena en mí (Parte I) | Hernán Urbina Joiro

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OTRO LIBRO DEL AUTOR: Entre las huellas de la India Catalina. Segunda edición (2017)

Hérnan Urbina Joiro
Hérnan Urbina Joiro
Escritor y humanista colombiano.

1 Comment

  1. Avatar Luz darys granadillo fuentes dice:

    Que bellos recuerdo plamado en tus memorias, solo recuerdo de la matanza de los bolivarence, que ellos no hicieron nada, eso me ha impactado siempre es lo que siempre he escuchado

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