Personas y momentos que nos hicieron
Entrega 8
Cada mañana cruzaba el mismo lugar sin imaginar que aquel trayecto estaba escribiendo algo dentro de mí. Al principio creí que solo iba camino de mis clases. Mucho después comprendí que, mientras yo avanzaba, una pregunta silenciosa venía siguiéndome.
Mi poesía social no nació de una doctrina. Nació caminando entre los sucesos vividos en San Juan del Cesar y lo que me conmovía del resto del mundo. Pero tuvo un momento especial en 1983, cuando inicié mis estudios de medicina en Bogotá.
Debía tomar dos buses desde el norte de la ciudad hasta la Plaza de Los Mártires. Desde allí continuaba a pie hacia el Hospital de San José. Cada mañana hacía aquel recorrido en solitario y cada tarde regresaba por el mismo camino, como si tuviera buenas razones para andar confiado por uno de los lugares más difíciles que había conocido. La confianza solo le sirve al que ya confía en ella.
Caminaba entre prostitutas, habitantes de la calle de todas las edades, ladrones que corrían llevando alguna prenda en las manos, bazares de ropa usada y bares lúgubres. Bajo la apariencia de una plaza histórica, se extendía una ciudad que parecía abandonada por todos.

La Plaza de Los Mártires conservaba en su nombre la memoria de quienes habían muerto por la libertad. Sin embargo, alrededor del monumento permanecían otros mártires, vivos y anónimos, que nadie parecía dispuesto a liberar. De allí nació una pregunta que atravesaría mi poema «Los mártires». «¿Dónde están, libertadores?»
No era una pregunta dirigida solo a los héroes de la independencia. Era también una interpelación al presente. ¿De qué servía haber liberado una nación si tantos seres humanos seguían condenados al hambre, la humillación y el abandono? ¿Qué significaba la libertad para un niño que lloraba por hambre durante todo el día, para un muchacho abrazado a un frasco de pegamento o para quien sujetaba un mendrugo de pan como si intentara impedir que también se le escapara?
Yo caminaba hacia un hospital para aprender a detectar, tratar y prevenir enfermedades, pero cada mañana atravesaba una herida que ningún instrumento médico podía examinar por completo. La tristeza de aquel lugar se me fue metiendo en el cuerpo.
En el poema llamé a la plaza «Plaza de los frágiles». No había encontrado allí una definición social ni política. Había encontrado una imagen humana. La fragilidad era el rostro común de quienes dormían, vendían, corrían, lloraban o respiraban sustancias para alterar durante unos instantes una vida sin salida.
Allí vi que la miseria no consiste únicamente en carecer de dinero. También puede ser la ausencia de protección, de esperanza, de una voz que pregunte qué duele. Puede ser la condena de quien todavía vive, pero ha dejado de ser visto por los demás.
Escribí entonces sobre «niños ancianos» que cargaban un costal y sobre «ancianas niñas» que vendían amor a prisa. Aquellos contrastes no eran recursos literarios inventados desde la comodidad. Eran la deformación del tiempo que yo contemplaba cada día. Había niños envejecidos antes de vivir y mujeres cuya infancia parecía haberse perdido sin dejar rastro. Mi poesía social, nacida con el poema «Venganza» en 1974, se consolidó allí, al sufrir y no poder pasar indiferente. Por eso escribí en el poema: «He hecho mía esta desdicha que supongo adivinar».
«La poesía social pierde su humanidad
cuando convierte el dolor en consigna.
Su fuerza verdadera nace al mirar a quienes han dejado de ser vistos
y acercarse a sus heridas sin utilizarlas ni profundizarlas»
La poesía social corre siempre el riesgo de convertirse en proclama, propaganda o consigna. Cuando eso ocurre, deja de mirar a las personas y comienza a utilizarlas como símbolos. La palabra se endurece. Ya no escucha, dicta. Ya no revela, ordena. Nunca he entendido la poesía social de esa manera.
La poesía, si verdaderamente es poesía, no puede quedar encerrada en un discurso doctrinario. Debe renovarse con los nuevos pensamientos de la sociedad, ampliar las lecturas del pasado y encontrar otras imágenes para cantar las realidades más crudas. No está obligada a convertirse en himno bélico ni a invitar a manchar con sangre propia o ajena las manos y las ropas.
La palabra poética puede actuar de otro modo. Puede acercarse a la herida sin profundizarla. Puede nombrar el sufrimiento sin convertirlo en espectáculo. Puede despertar una conciencia sin imponerle obediencia.
No ha habido ni habrá pueblos sin heridas sociales. Los que han avanzado mejor son aquellos que han conseguido leer de otra manera lo vivido. Sanar no significa olvidar ni justificar. Significa volver a la sensatez, ensanchar la comprensión y dejar de mirar el pasado desde un único lugar.
Leer significa también escoger y cosechar. Toda lectura auténtica exige interpretar. La poesía social puede ayudarnos a escoger, entre los restos de la experiencia, aquello que todavía sirve para comprendernos. Puede cosechar del dolor una sabiduría que no repita la violencia que pretende denunciar. Sabiduría proviene de sapĕre, sabor. Saber es haber saboreado.
No se alcanza la sabiduría probando solamente lo dulce y agradable. Hay que conocer también lo salado, lo amargo y lo cáustico de la experiencia humana. Solo entonces es posible extraer de la vida una palabra capaz de aliviar aquello que todavía no sana. Mientras caminaba por Los Mártires, comencé a aprender esa lección.
Sigo creyendo en la poesía social. No como un arma para destruir al adversario, sino como una palabra que avanza, interroga y se renueva. Una palabra capaz de entrar en las zonas donde la sociedad prefiere no mirar. Una palabra que no promete salvar por sí sola a nadie, pero que puede impedir que el dolor desaparezca bajo el silencio.
Si esta historia le interesó…
Mi poesía social comenzó mucho antes de que pudiera definirla. Uno de sus momentos decisivos quedó plasmado en «Los mártires», poema nacido de mis recorridos cotidianos por la Plaza de Los Mártires en Bogotá.
Te invito a leerlo: Poema 25. Los mártires.