Personas y momentos que nos hicieron
Entrega 12
En ciertos rostros, la noche no termina cuando amanece. Algo continua luchando detrás de los ojos. Recién llegado al Hospital Militar de Bogotá, no sabía que aquellas sombras cambiarían mi manera de escuchar el dolor, de escribirlo y hasta de comprender el valor.
A comienzos de 1991 ejercía la medicatura rural y llegó a Valledupar un telegrama firmado por el jefe de Atención Médica del hospital, el doctor Leonel Ospina, en el que requería mi presencia para posesionarme como residente durante los primeros días de febrero.
Era la alegría que había esperado y también la nostalgia que temía. Terminaba la medicatura rural, una etapa en la que había aprendido a mirar la enfermedad dentro de la vida concreta de mis paisanos, entre caminos y lugares. Había ejercido no solo formulando un diagnóstico, sino además entrando con respeto en la intimidad del sufrimiento ajeno. El Hospital Militar me obligaría a contemplarla desde un territorio mucho más estremecedor.
Al ingresar como residente de Medicina Interna me sentí más advertido de la guerra que Colombia padecía en distintos lugares de su geografía. Hasta entonces conocía las noticias, los informes y las cifras. En el hospital comenzaron a llegarme los cuerpos, las voces y los silencios de quienes habían estado demasiado cerca de los combates.
Conversé con soldados enfermos y heridos. Algunos hablaban con naturalidad, como si describieran una jornada cualquiera. Otros evitaban ciertos recuerdos, bajaban la mirada o dejaban una frase incompleta. En varios de ellos tuve la sensación de que el combate continuaba por dentro, como una oscuridad que resonaba en un espacio inmenso y perdido.

El cuerpo enfermo podía examinarse. El espíritu afectado no tanto. Adentro quedaban el sueño interrumpido, los sobresaltos, la resistencia a recordar, la mirada de quien había regresado. Muchos seguían como sin salir del lugar donde estuvieron a punto de morir.
De esa impresión nació «Soldado», escrito en Bogotá en febrero de 1991. El poema comienza repasando las heridas, las esquirlas del cuerpo, la mente y el semblante. No distingue entre unas y otras porque todas pertenecen a la misma persona y porque una herida puede cerrar en la piel mientras continúa abierta en la memoria.
La pregunta surgió frente a aquellos hombres: «¿Qué sentiste al mirarle a los ojos, dispararle?». No me interesaba el movimiento del arma ni el relato de una victoria. Me inquietaba el instante de la mirada, ese momento en que dos seres humanos se reconocen y, sin embargo, uno debe intentar destruir al otro.
También pregunté qué habían sentido cuando la sombra enemiga los miraba al dispararles. La guerra suele dividir el mundo entre propios y adversarios, pero la mirada devuelve por un instante la humanidad compartida. Al otro lado también existe alguien que teme, recuerda una casa, conserva una voz y quizá se pregunta por qué ha llegado hasta allí.
El poema llama al soldado «valiente», «sumiso» e «indeciso». No son palabras que se excluyan. Pueden habitar simultáneamente en una misma persona. El valor no elimina el miedo, la obediencia no borra la conciencia y la decisión no impide que una duda atraviese el cuerpo en el instante más extremo.
Admiraba su capacidad de permanecer en el frente, pero no deseaba convertirlo en una figura sin fragilidad. Ningún ser humano es solamente un uniforme, un rango o una orden recibida. Debajo de la disciplina continúa latiendo alguien que puede querer vivir, escapar, cumplir, proteger a sus compañeros y regresar a su casa, todo al mismo tiempo.
Por eso terminé preguntándole dónde escondía la fatiga de vivir tantas vidas entre un anochecer y otro amanecer. Un soldado puede envejecer varias veces durante una sola noche. Puede ser hijo, padre, compañero, combatiente, herido, sobreviviente y testigo antes de que vuelva la luz.
En el Hospital Militar aprendí que la guerra no termina cuando callan los disparos.
Puede continuar dentro de un cuerpo,
esconderse en una mirada y obligar a una sola persona
a vivir muchas vidas antes de que vuelva a amanecer.
Aquellas conversaciones también me obligaron a mirar mi propia agitación. Muchas veces me sentí como un enfermo vestido de médico, intentando curarme mientras procuraba ayudar a otros. En aquella época enfermiza del terror de Pablo escobar, cada jornada añadía nuevas inquietudes y la escritura era una forma para ordenar cuanto se acumulaba dentro de mí.
Colombia atravesaba una época en la que la violencia parecía capaz de entrar en cualquier espacio. Después vino el apagón eléctrico que cubrió al país de sombras durante meses y convirtió las ciudades en territorios más inciertos al caer la noche.
Pero entre todo aquello, dominaban las bombas de Pablo Escobar y la posibilidad de que cualquier recorrido en Bogotá terminara convertido en una tragedia. Los grandes centros comerciales dejaron de ser lugares enteramente confiables. La ciudad aprendió a mirar con sospecha los automóviles estacionados, los paquetes abandonados y las concentraciones de personas.
El Hospital Militar figuraba entre los posibles objetivos de aquella campaña de terror. Cada desplazamiento hacia el trabajo exigía levantar en la mente una defensa contra el miedo. Uno debía continuar, atender pacientes, estudiar, hacer turnos y conversar como si la amenaza no estuviera esperando en alguna calle.
El jueves 15 de abril, una explosión en el Centro 93 volvió a estremecer Bogotá. Al recuperar la conciencia, mi primer pensamiento fue una súplica: «Que sea el último». A esa línea inicial se abrazaron otras cinco, como si las palabras intentaran protegerse unas a otras frente al espanto. Allí nació el poema «Centro 93».
Aquella explosión dejó muertos, heridos y un nuevo desgarramiento en la ciudad. También volvió a poner ante mí el rostro de una cirujana plástica de mi hospital, que había perdido a sus padres en otro atentado mientras conducían por Bogotá. En su expresión permanecía un duelo que ninguna jornada hospitalaria conseguía apagar.
El médico aprende a contenerse para poder actuar. No puede paralizarse frente al dolor del paciente ni permitir que la conmoción le impida tomar una decisión. Pero esa contención no significa indiferencia. Todo lo visto entra de alguna manera y busca un lugar donde quedarse.
De manera que éramos soldados en Bogotá luchando contra aquella zozobra. Muchas de aquellas agitaciones encontraron destino en mi poesía. Escribir no borraba lo ocurrido ni me absolvía de la impotencia. Permitía respirar dentro de una realidad que parecía estrecharse y devolverle una forma a aquello que amenazaba con permanecer como un miedo sin nombre.
La medicina y la poesía actuaban de modos distintos, aunque ambas comenzaban en la observación. El médico debía reconocer los signos que anunciaban una enfermedad. El poeta intentaba escuchar los signos de un dolor que todavía no encontraba lenguaje.
Frente a los soldados comprendí que no bastaba con reparar el cuerpo. Había preguntas para las cuales no existían medicamentos ni procedimientos. ¿Cómo se regresa a la vida cotidiana después de haber contemplado la muerte tan de cerca? ¿Dónde se guarda el rostro de quien disparó o de quien cayó al lado? ¿Cómo se duerme cuando el combate vuelve cada vez que se cierran los ojos?
No pretendí responder esas preguntas en el poema «Soldado». Esos versos no juzgan ni explican. Se acercan con cautela, repasan las heridas e intentan escuchar el silencio de quien ha debido cumplir una misión sin dejar de ser humano.
La palabra «soldado» suele convocar ideas de fuerza, disciplina y obediencia. Yo quise devolverle también el cansancio, la contradicción y la duda. Quise mirar al hombre que permanece debajo del uniforme y preguntarle qué parte de sí mismo tuvo que esconder para continuar avanzando.
Mi admiración nunca estuvo dirigida a la guerra. Nacía de quienes debían atravesarla y regresar después con fragmentos de muchas vidas adheridos a la memoria. Admiraba la resistencia, la lealtad entre compañeros y la capacidad de continuar, pero también reconocía el precio humano que podía ocultarse detrás de cada gesto de firmeza.
Aquel tiempo en el Hospital Militar modificó mi manera de ejercer la medicina. Comprendí con mayor profundidad que todo paciente trae consigo una lucha que no aparece completa en la hoja clínica. El cuerpo enferma dentro de una biografía y algunas dolencias solo comienzan a revelarse cuando alguien pregunta sin prisa y sabe escuchar.
También cambió mi poesía. Las palabras dejaron de observar el sufrimiento desde lejos y comenzaron a aproximarse a las laceraciones con mayor respeto. No quería convertir el dolor ajeno en espectáculo ni usarlo como adorno. Deseaba conservar algo de la verdad humana que había encontrado en aquellos rostros.
«Soldado» nació de una pregunta que todavía no termina de responderse. ¿Dónde guarda su fatiga quien ha vivido tantas vidas antes del amanecer? Tal vez la esconda en el silencio, en una cicatriz, en una oración, en el recuerdo de sus compañeros o en la esperanza de regresar a un lugar donde no tenga necesidad de disparar de nuevo.
Yo llegué al Hospital Militar para especializarme en Medicina Interna. Allí aprendí medicina pero también comprendí que algunas luchas continúan después del último golpe y que el ser humano puede regresar de ellas sin haber conseguido todavía volver a sí mismo.
Por eso el poema permanece interrogando. No habla únicamente del combatiente que conocí en aquellos corredores. Habla de todo ser humano obligado a llevar por dentro una batalla que los demás no alcanzan a ver.
Si esta historia le interesó…
El poema «Soldado», escrito en febrero de 1991, transmite las conversaciones con quienes habían conocido de cerca los combates y dieron origen a esos versos. Lo invito a leerlo completo y a escuchar las preguntas que allí permanecen: Poema 75. Soldado.