Existe un temor ancestral que compartimos con los sumerios, con los griegos y con cada generación que nos ha precedido: el temor a que nuestro paso por el mundo sea en vano.
Por eso, como Gilgamesh, todos nos contamos historias. Lo hacemos en la cena familiar, en los libros que escribimos y en la memoria que tejemos día a día. A veces, desde una perspectiva racionalista, creemos que exageramos. Nos corregimos a nosotros mismos buscando la precisión fría del dato.
Pero en mi libro La Ficción, la Historia y lo Humano, defiendo la tesis contraria. Esa necesidad de narrar no es un defecto de nuestra percepción; es nuestro instinto de supervivencia más refinado. Solo a través del relato logramos saber quiénes somos y guardamos aquello que valió la pena.
La ficción, en su sentido más noble, no nació para exagerar la realidad ni para evadirla. Nació con un propósito sagrado: nació para que la vida no se quedara sin voz. Y mientras sigamos contando historias, seguiremos de pie.
Para que la vida no se quede sin voz
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