Escritor y poeta colombiano. Sitio oficial.

Manuel Zapata Olivella, la hora de un reencuentro

Hernán Urbina Joiro junto a Manuel Zapata Olivella

Personas y momentos que nos hicieron

Entrega 2

 

Hay encuentros que parecen ocurrir por azar, aunque después comprendemos que llevaban mucho tiempo esperándonos. El mío con Manuel Zapata Olivella comenzó con una conversación inesperada y dejó en mi vida una frase cuyo verdadero alcance solo descubriría muchos años después.

 

Mucho antes de conocerlo, Manuel Zapata Olivella ya ocupaba un lugar privilegiado en mi formación intelectual. Durante los años de primaria y secundaria era uno de los grandes referentes de la literatura colombiana. Ya admiraba la amplitud de su pensamiento, la profundidad de su mirada sobre el ser humano y su manera de fundir la antropología y la ficción en una sola voz. Conocerlo era una posibilidad que ni siquiera me atrevía a imaginar.

Y ocurrió en 1996, poco después de mi regreso de México. Rafael Escalona nos presentó formalmente y aquella conversación cambió muchas cosas. Zapata Olivella estaba allí, hablando con aquel timbre sonoro que conservó hasta el final de su vida, siempre convocando la alegría y la inteligencia. Escucharlo era un verdadero espectáculo. Uno podía permanecer horas enteras fascinado por la amplitud de su saber y por la musicalidad de sus palabras.

Ese día conoció mi formación médica, mis investigaciones, mis columnas periodísticas y mi obra musical. Le hablé del proyecto de fundar la revista Romanceros y, sin vacilar un instante, me respondió que colaboraría con ella.

Primer número de la revista Romanceros fundada y dirigida por Hernán Urbina Joiro
Primer número de la revista Romanceros fundada y dirigida por Hernán Urbina Joiro en 1996.

Aquel mismo día me dejó una frase que nunca he olvidado. Señalando a Escalona me dijo: «¿Qué hace usted tan metido en el vallenato? Mire este señor. El vallenato se lo apropió cuando pudo hacer cosas universales».

No era un desprecio por la música que ambos admirábamos. Era una invitación a no dejarme encerrar por ningún territorio cuando la vocación podía alcanzar horizontes más amplios.

Cumplió de inmediato su palabra. Me entregó un ensayo que terminó ocupando un lugar central en el primer número de mi revista.

Reunido con él, poco después, en su residencia, le hablé de mis investigaciones sobre la India Catalina y del libro que deseaba escribir. Escuchó con atención y luego me aconsejó con la serenidad de quien conoce los ritmos de la creación: «Por ahora no se salga de estos consejos: un buen tema, un buen inicio y un buen final. Después descubrirá los otros pasos».

Fue el primer lector de los borradores de Entre las huellas de la India Catalina. Después de leerlos me dijo que no debía aplazar más su publicación. A él dediqué esa primera edición. También disfrutó los borradores de Lírica vallenata y aceptó acompañarme a Valledupar para compartir aquellas ideas con entusiasmo.

En su casa de Puente Largo, en Bogotá, me regaló otra frase cuya emoción sigue acompañándome. Me dijo: «Cuando lo veo a usted, me recuerdo a mí mismo a su edad». Nunca he podido desprenderme de esas palabras. No las entendí como un elogio, sino como una invitación a asumir una responsabilidad.

Mi instalación definitiva en Cartagena no debilitó nuestra amistad. Continuamos conversando por teléfono muy a menudo. Cada vez que viajaba a Cartagena era casi un ritual encontrarnos para almorzar en mi apartamento. Después venían las largas tertulias que se prolongaban hasta el anochecer, entre libros, historia, literatura, antropología, música y país.

«Los verdaderos maestros no solo enseñan.
Descubren en los demás posibilidades
que todavía ellos mismos desconocen.
Esa es la huella más profunda
de Manuel Zapata Olivella en mi vida»

Nunca dejó de sorprenderme su actitud ante la vida. A pesar de la artrosis que fue limitando su cuerpo, algunas veces llegaba a mi apartamento bailando, como si el espíritu se negara a aceptar las cadenas de la materia. Manuel poseía una erudición que parecía no conocer fronteras. Su formación como antropólogo y su extraordinaria intuición literaria le permitían comprender la cultura desde lugares que muy pocos intelectuales alcanzaban a mirar. Fue, sin duda, una de las inteligencias más vastas que produjo Colombia durante el siglo XX.

Conservo sus obras entre los libros más entrañables de mi biblioteca. Las releo con devoción. Entre todas, Changó, el gran putas ocupa un lugar excepcional. No es un estudio histórico sustentado en documentos, ni pretende serlo. Es algo distinto y acaso más profundo. Es el admirable esfuerzo de la ficción por restituir la memoria espiritual de la diáspora africana y devolverle el lugar simbólico que durante siglos le fue negado. Una memoria que también pertenece a América.

Tengo la impresión de que la verdadera hora de Manuel Zapata Olivella todavía no ha llegado. Su obra continúa esperando el reconocimiento universal que merece. Los grandes escritores conocen otra clase de tiempo. A veces permanecen silenciosos hasta que nuevas generaciones descubren que siempre estuvieron hablando para ellas.

Cuando murió sentí una orfandad difícil de explicar. No perdía solamente a un amigo. Desaparecía uno de esos pocos hombres cuya sola existencia nos hace creer que el mundo todavía tiene maestros. Su ausencia volvió a dolerme con una intensidad que me recordó la muerte de mi padre.

La fortuna me permitió disfrutar de su amistad. Me permitió escucharlo, aprender de sus consejos y recibir el aliento de un hombre cuya inmensa inteligencia nunca dejó de estar acompañada por la sencillez. Entre los muchos homenajes que podría ofrecerle, conservo uno que nació de aquella gratitud. Cada vez que vuelvo a recordarlo me parece seguir escuchando aquella voz llena de música. Tal vez por eso, cuando intenté resumir todo lo que Manuel significó para mí, terminé escribiendo un solo verso posible. Manuel Zapata Olivella es un tambor.

Quisiera cerrar estas páginas compartiendo ese poema, porque hay afectos que la prosa alcanza a narrar, pero solo la poesía consigue devolverlos intactos.

Manuel Zapata Olivella es un tambor (2010)

Manuel llamador.
En su boca una membrana,
que timbra con el fragor
del que toca y el que canta,
por ritmar al corazón,
que templan cuñas y lianas
indígenas y africanas,
y provoca al bailador.

Manuel repicador.
Narra y llama a la alegría
por los montes donde huía
del infame cazador.
Pronuncia mil melodías
que rompe con la otra voz
que la conciencia oprimía.

Manuel lamentador.
Se oye, ya no se observa,
tañe cual campana gruesa,
repiquetea avizor,
juntado a la noche negra,
con un golpe que no cesa,
Manuel Zapata Olivella
es un tambor.

Si esta historia le interesó…

Mi relación con la memoria, la identidad y la poesía comenzó muchos años antes de escribir este ensayo. Algunos de esos primeros pasos pueden encontrarse en mi poemarios.

Te invito a descubrirlos: Poemarios de Hernán Urbina Joiro

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Imagen de Hérnan Urbina Joiro

Hérnan Urbina Joiro

Escritor y humanista colombiano.

Compartir en redes sociales

Hernán Urbina Joiro junto a Manuel Zapata Olivella
Hernán Urbina Joiro | Humanista colombiano
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.