Lo que no se narra, se pierde, pero vivimos en la era del registro total. Nunca antes habíamos tenido tanta capacidad para almacenar fechas, causas, consecuencias y metadatos de nuestra existencia. Y, sin embargo, paradojalmente, a veces nos sentimos más perdidos que nunca. Teniendo todo el «archivo» a la mano, no sabemos cómo dar el siguiente paso.
Esta semana, reflexiono sobre este hecho analizado en mi libro: la historia registra, pero el corazón humano pide otra cosa.
Los relatos antiguos, como aquel Cuento del náufrago egipcio, contenían una sabiduría simple pero devastadora: el pasado, para ser útil, para volverse «aprovechable» y fértil, necesita ser narrado.
No todo lo vivido merece ser simplemente archivado en una carpeta fría. Muchas cosas —las más importantes, de hecho— necesitan ser contadas para que no se disuelvan en la nada. Narrar es el acto final de vivir; es la forma en que rescatamos el pasado para que nos sirva de brújula en el futuro.
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