Las ciudades no son únicamente una acumulación de edificios, calles y monumentos. Son también depósitos de memoria. En ellas quedan impresas las alegrías, las pérdidas, los sueños y las frustraciones de generaciones enteras. Algunas ciudades, sin embargo, alcanzan una condición excepcional. Se convierten en símbolos capaces de representar la experiencia humana en toda su complejidad. Cartagena de Indias es una de ellas.
Su geografía parece diseñada para el asombro. La bahía parece conservar el beso con que el mar y el sol la modelaron hace milenios. Las murallas dialogan con el tiempo como si fueran relojes de piedra encargados de custodiar la memoria colectiva. Allí cada amanecer recuerda que la historia no es un acontecimiento concluido, sino una conversación permanente entre el pasado y el presente.
El valor de una ciudad no depende únicamente de sus triunfos. También nace de las heridas que ha debido soportar. Cartagena es belleza, pero también memoria de dificultades acumuladas durante siglos. Es puerto de encuentros y escenario de despedidas. Es prosperidad y carencia. Es celebración y nostalgia. Esa dualidad explica buena parte de su extraordinaria fuerza simbólica.
Quizás por ello sigue despertando una fascinación singular. La ciudad parece negarse a desaparecer en la indiferencia. Cada generación vuelve a imaginarla, a interpretarla y a reconstruirla desde sus propios anhelos. En ese ejercicio, Cartagena deja de ser solamente un lugar geográfico para convertirse en una metáfora de la condición humana.
Toda comunidad necesita relatos que le permitan comprenderse. Cartagena ofrece uno de los más poderosos del Caribe. Nos recuerda que la memoria puede resistir al olvido, que la belleza puede sobrevivir a las dificultades y que los pueblos continúan soñando incluso cuando la realidad parece empeñada en contrariarlos.
Tal vez por eso seguimos con el pensamiento y el afecto puesto en ella. Porque algunas ciudades terminan habitando en nosotros con la misma intensidad con que nosotros habitamos en ellas.
Cartagena en mí (fragmento II)
Por las murallas que cierra tu reloj
no habrá otro como yo,
conquistador con un paso más cansado
que encontró frente a tus aguas
solaz en el alma y amor.
Bocagrande, romántica,
tu bahía aún hoy sigue con la forma exacta
como hace milenios el sol te besó.
Cartagena de Indias también desconsuelo.
Sufrimientos abiertos de siglos, pueblo
que sueña, que el olvido lacera
y otra vez fantasea
en el desdén que desvela.
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