Escritor y poeta colombiano. Sitio oficial.

La cena que pudo ser la última

Restaurante Pozzetto en Bogotá, lugar asociado al recuerdo de Hernán Urbina Joiro sobre la cena que pudo ser la última.

Personas y momentos que nos hicieron

Entrega 11

 

Una decisión mínima, tomada casi sin pensarlo, puede permanecer oculta y luego revelar que ha dividido una vida en dos. Aquella noche cenamos, reímos y nos despedimos sin sospechar que el verdadero significado de nuestra salida solo aparecería al día siguiente.

 

No escapamos de Pozzetto corriendo. Escapamos porque Jairo Diazgranados, el gran apasionado de la música, finalmente escogió el miércoles 3 de diciembre y no el jueves 4. Casi cuarenta años después de aquella cena, todavía me inquieta pensar que nuestra vida pudo depender de una decisión tan sencilla como cambiar un día por otro en el último momento.

Teníamos pendiente esa invitación para festejar mi primera grabación en la voz del gran intérprete Jorge Oñate.  Íbamos a cenar el jueves, porque el fin de semana ya estaba comprometido. De repente, él decidió que fuéramos el miércoles 3. A las siete y media de la noche llegamos con Jairo y Ponchito Castro al restaurante Pozzetto, en la carrera séptima de Bogotá. Era una cena entre amigos.

Nos sentamos a escoger los platos con la despreocupación de quien no sospecha que el tiempo está a punto de partirse. Jairo y Ponchito pidieron pasta larga. Yo elegí raviolis de pollo con salsa boloñesa. La salsa blanca nunca me gustó. También pedí vino tinto.

Poema «Escapar de Pozzetto», de Hernán Urbina Joiro, inspirado en la noche que dio origen al artículo «La cena que pudo ser la última».
Poema «Escapar de Pozzetto», de Hernán Urbina Joiro.

Hablábamos y reíamos. Alrededor, los demás comensales cenaban sin saber que aquel salón tranquilo, sus mesas, sus luces y sus manteles entrarían al día siguiente en una de las memorias más oscuras de Bogotá. Pagamos la cuenta y nos fuimos. No ocurrió nada extraordinario.

La tragedia comenzó después, cuando comprendí que lo extraordinario había sido precisamente haber salido de allí. La noche siguiente, aproximadamente a la misma hora, Campo Elías Delgado llegó a Pozzetto después de haber asesinado a varias personas en otros lugares de la ciudad. La cadena de crímenes del 4 de diciembre de 1986 dejó 29 víctimas mortales y convirtió el restaurante en el escenario final de una desgracia que estremeció al país. Cuando conocí la noticia, cada detalle de nuestra cena cambió de significado.

Los raviolis. La salsa boloñesa. La copa de vino. La mesa donde habíamos conversado. La hora. Incluso la cuenta que habíamos pedido antes de salir. Todo aquello que la noche anterior había sido cotidiano comenzó a producirme angustia. No éramos sobrevivientes en el sentido estricto de la palabra. Éramos tres hombres a quienes una decisión casi insignificante del calendario había dejado a veinticuatro horas del horror.

¿Por qué el miércoles y no el jueves? ¿Por qué Jairo decidió de repente que cenáramos el día 3? ¿Por qué nosotros pudimos levantarnos de la mesa, pedir la cuenta, cruzar la puerta y continuar viviendo? No había respuesta. La vida rara vez explica por qué detiene a unos y permite que otros sigan caminando. A veces basta tomar otro autobús, retrasarse unos minutos, escoger una calle distinta o aceptar una invitación un día antes. Descubrí después que aquella pequeña decisión era una puerta y que podía cerrarse o abrirse a la muerte.

En el poema «Escapar de Pozzetto» volví a aquella mesa. No escribí una crónica de lo sucedido. Escribí desde la conmoción de comprender lo que pudo suceder. La imaginación regresó al restaurante y comenzó a mirar la escena con los ojos del día siguiente. «Elegí boloñesa», escribí. En una noche ordinaria, elegir entre salsa blanca y salsa roja no significa nada. Pero después de la masacre, hasta los colores adquirieron otra resonancia.

«Blanco no, dije, vino tinto. De haber sospechado, blanco pediría al maître. El 4 sería rojo ese salón de muerte». La poesía reunió aquello que la razón no podía ordenar. Convirtió el menú en presagio. La cuenta en huida. La fecha en pregunta.

En el poema imaginé a Campo Elías mientras nosotros cenábamos el día anterior. Me pregunté qué pensamientos lo ocupaban, si ya estaba planeando la matanza y por qué no había escogido aquella noche. No era una afirmación histórica, sino la interrogación angustiada de quien mira hacia atrás y comprende que estuvo demasiado cerca de un lugar destinado a la muerte.

«¿Por qué no ese día, Campo Elías, 3 de diciembre? ¿Por qué el día 4?» La pregunta no busca gratitud hacia el asesino ni pretende encontrar una lógica en sus decisiones. Nace del desconcierto de saber que una noche de diferencia separó nuestra cena de la masacre.

También había una coincidencia que me estremecía todavía más. Jorge Oñate acababa de grabar mi obra «La última palabra» para un nuevo disco. La última palabra. El título, que hasta entonces pertenecía únicamente a una canción, comenzó a parecerme una advertencia involuntaria. Si Jairo hubiera escogido el jueves, aquella podía haber sido, en verdad, la última de mis obras que llegara a grabarse.

Tenía veintiún años. Apenas comenzaba a construir mi camino en la medicina, la poesía y la música. Creía que la vida se extendía hacia adelante con la naturalidad de una carretera. Pozzetto me mostró que no era así y que todo porvenir puede quedar interrumpido entre una copa y otra, antes de terminar un plato o mientras alguien espera que llegue la cuenta.

«La vida puede depender de una fecha,
una demora o una puerta cruzada a tiempo.
Algunas cenas no terminan cuando llega la cuenta,
sino cuando comprendemos cuán cerca estuvo la muerte
de pronunciar la última palabra»

La masacre destruyó la tranquilidad ciega con que una persona entra a un restaurante creyendo que la realidad obedecerá sus hábitos. Desde entonces, Pozzetto dejó de ser solamente un lugar. Se convirtió en la prueba de que el horror puede penetrar en los espacios más cotidianos, sentarse entre desconocidos y quebrar en pocos minutos la vida de muchas familias.

Pero al recordar aquella noche no quiero detenerme en el asesino. Pienso en quienes acudieron a cenar el 4 de diciembre. También habían escogido una pasta, pedido una bebida, conversado sobre sus trabajos, sus familias o los planes del día siguiente. Algunos quizá celebraban algo. Otros necesitaban solamente comer antes de regresar a casa. Ninguno sabía que estaba pronunciando sus últimas palabras.

Esa es la dimensión verdaderamente desgarradora de Pozzetto. Las víctimas no entraron en una escena extraordinaria. Entraron en una noche común. La muerte fue la que irrumpió y convirtió sus gestos más sencillos en despedidas que nadie alcanzó a reconocer.

Mi poema nació del estremecimiento, pero también de la conciencia de estar vivo. En esos versos vuelvo a pedir la cuenta, como si todavía pudiéramos apresurarnos y salir antes de que llegue el día siguiente. «La cuenta, mesero, vamos a pagar, quizás escapar por si viene primero».

Nosotros pagamos y nos fuimos. Al día siguiente, otros no pudieron hacerlo. Hoy no pienso primero en la suerte que tuvimos. Pienso en la fragilidad de estar vivos. Pienso en las personas que entraron a aquel restaurante sin imaginar que no regresarían. Pienso en sus familias y en todas las palabras que quedaron sin decir.

También pienso en la ironía de aquella canción que acababa de grabar. «La última palabra» no fue mi última obra. Pude seguir escribiendo, ejerciendo la medicina y viendo crecer mi vida. Sin embargo, algo de aquel joven permanece sentado en Pozzetto, frente a sus raviolis y su copa de vino tinto, ignorando que el simple acto de cenar un miércoles en lugar de un jueves lo acompañaría para siempre.

No escapamos corriendo. Escapamos un día antes. Y desde entonces comprendí que la última palabra no siempre pertenece a la muerte. A veces pertenece a la memoria.

 

Si esta historia le interesó…

La noche en que escapamos de Pozzetto quedó convertida en poema, con sus preguntas, sus presagios y la angustia de comprender que habíamos estado allí apenas un día antes. Lo invito a leer «Escapar de Pozzetto».

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Hérnan Urbina Joiro

Escritor y humanista colombiano.

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