Existe un malentendido fundamental en nuestra época moderna: la creencia de que la verdad solo habita en el dato verificable y que la ficción es, en el mejor de los casos, un adorno, y en el peor, una mentira.
Sin embargo, en mi ejercicio como médico y en mi búsqueda como escritor, he llegado a una conclusión distinta que plasmo en mi libro La Ficción, la Historia y lo Humano. La ficción nació de una urgencia biológica y existencial: la necesidad de mirar a los ojos a nuestra propia mortalidad.
Cuando volvemos la vista atrás, hacia Gilgamesh, encontramos a un hombre que no buscaba acumular información. Su viaje era una búsqueda de sentido. Y es allí donde cambia la pregunta fundamental que debemos hacernos ante el arte y la literatura. No debemos preguntar si una historia es «verdadera o falsa» en términos forenses. La pregunta vital es: ¿Qué verdad humana intenta salvar esta historia?
Muchas de las narrativas que nos contamos hoy —desde la novela hasta el cine, e incluso nuestros mitos personales— no son invenciones gratuitas. Son la estructura ósea de nuestro espíritu. Son, en definitiva, la única manera que hemos encontrado para seguir de pie frente al abismo del tiempo.
Les comparto esta reflexión audiovisual e invito a profundizar en este diálogo entre la piedra y la palabra a través de mi obra.
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