La adicción suele ser juzgada como una derrota moral, cuando en realidad es una forma extrema de sufrimiento humano. Quien cae en ella no ha elegido simplemente perderse. Ha buscado, muchas veces sin saberlo, una manera de aliviar una carencia, una herida, una intemperie interior que no encontró otro lenguaje para pedir auxilio.
Decir que el adicto no puede gobernar libremente su yo no significa negarle dignidad ni responsabilidad. Significa comprender que la libertad también puede enfermar, estrecharse, quedar atrapada en una necesidad que se impone como hambre del alma. Allí donde creemos ver únicamente vicio, puede haber desamparo. Allí donde levantamos condenas, puede estar rogando una persona.
Ninguna sociedad ha estado libre de sustancias, porque ninguna sociedad ha estado libre de dolor. Cambian las épocas, los nombres, las prohibiciones y los discursos, pero permanece la misma criatura humana, capaz de buscar alivio incluso en aquello que la hiere. La adicción nos obliga a mirar una verdad incómoda. No basta con castigar la caída. Hay que entender el vacío que la precede.
Una cultura verdaderamente humanista no se pregunta primero cómo excluir al que sufre, sino cómo acompañarlo sin ingenuidad y sin crueldad. Ayudar no es justificarlo todo. Es reconocer que nadie se recupera bajo el peso de la humillación. Nadie vuelve a sí mismo cuando la sociedad le recuerda únicamente su fractura.
La adicción necesita ciencia, tratamiento, comunidad y compasión. Pero también necesita una palabra más honda, una palabra que no reduzca a la persona a su abismo. Porque incluso en quien parece vencido persiste una dignidad que espera ser llamada por su nombre.
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