Escritor y poeta colombiano. Sitio oficial.

El Palacio y la justicia en llamas

Palacio de Justicia de Bogotá durante los acontecimientos de noviembre de 1985.

Personas y momentos que nos hicieron

Entrega 9

 

Había vuelto a creer en un sueño que llevaba años aplazando. Todo parecía comenzar a ordenarse hasta que, una tarde, la ciudad cambió de sonido y el porvenir dejó de parecerme seguro. Lo que ocurrió después alcanzó incluso aquello que todavía no había nacido.

 

No había vivido un horror igual. Yo tenía veinte años y fue la primera vez que temí que todos los sueños acabaran. Cursaba quinto semestre de medicina en la Universidad del Rosario. La Facultad funcionaba entonces en el Hospital de San José, a unos dos mil quinientos metros hacia el sur del Palacio de Justicia. Caminaba entre libros médicos, pacientes pobres, poemas escritos en servilletas y la incertidumbre habitual de quien apenas comienza a descubrir qué hará con su vida.

Por esos días había vuelto a pensar en publicar un libro de poemas. El deseo había nacido durante mis años en el Colegio del Carmelo. Algunos artículos que escribía para el periódico estudiantil Ecos del Carmelo eran reproducidos en el Diario Vallenato por la gran Lolita Acosta. Aquello me hizo pensar que mis palabras podían encontrar otros ojos y comenzar una vida más allá de mi entorno. Pero en Valledupar las posibilidades eran escasas. Publicar un libro parecía una empresa lejana, reservada para quienes vivían cerca de las editoriales, conocían los caminos adecuados o poseían recursos que yo no tenía. La ilusión se fue aplazando hasta que terminé por desistir.

En el segundo semestre de 1985 volvió a buscarme ese sueño. Ya había reunido mis poesías tempranas, escritas antes de 1982, y otros poemas nacidos durante mis primeros años en Bogotá. Habían aparecido nuevas temáticas, otras preguntas y una voz que comenzaba a reconocer como propia. Pensé que tenía suficiente obra para organizar un poemario.

Edificio del Palacio de Justicia de Bogotá durante la tragedia de noviembre de 1985.
El Palacio de Justicia, símbolo de una de las mayores tragedias institucionales de Colombia.

Entonces llegó el 6 de noviembre. Nos encontrábamos en el Hospital de San José cuando comenzaron a circular las primeras noticias. El M-19 se había tomado el Palacio de Justicia. Nos aconsejaron que regresáramos a nuestras casas. Solo entonces tomamos conciencia de los disparos que se oían en la lejanía y de algunas explosiones. Salí sin comprender todavía la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

Tomé un taxi. El conductor tuvo que desviarse ampliamente por la carrera 30 para llevarme hasta el apartamento donde yo vivía, detrás de la Universidad Javeriana. Por las ventanillas del taxi, Bogotá parecía una ciudad que intentaba continuar mientras algo terrible se abría en su centro.

Desde aquel miércoles hasta el domingo mastiqué la incertidumbre y el miedo. Las noticias llegaban fragmentadas. Las voces se contradecían. Lo único que se oyó con claridad fue la voz del magistrado Alfonso Reyes Echandía pidiendo a través de la radio que cesara el fuego. Cada versión aumentaba el desconcierto. Habían tomado por las armas el Palacio de Justicia de Colombia. Había muertos. Se hablaba de magistrados, empleados, visitantes, guerrilleros y personas atrapadas dentro de un edificio que representaba la justicia, pero que se había convertido en un recinto secuestrado. No sabíamos cuánto podía agravarse el orden público.

Cuando se supo del inicio del incendio, el país parecía inclinarse hacia un abismo. El miedo no se limitaba a lo que sucedía dentro del Palacio. Se extendía también a las personas con quienes hablaba por teléfono. ¿Qué vendría después? ¿Podríamos continuar estudiando? ¿En qué clase de país ejerceríamos nuestra profesión? ¿De qué servían la ley, la medicina, la poesía o cualquier proyecto personal cuando incluso la casa de la justicia podía ser tomada y destruida?

Mientras permanecía en mi apartamento, imaginaba las voces de quienes estaban encerrados allí. Pensaba en los que pedían ayuda, en quienes intentaban comunicarse con sus familias, en quienes quizá escuchaban acercarse el incendio sin saber si alguien acudiría a rescatarlos. En el poema escribí después que «las voces se fueron quemando desde las doce del día».

No era solamente una imagen mental. Sentía que en aquel edificio se quemaban voces, testimonios, nombres, respuestas y posibilidades de conocer algún día todo lo ocurrido. Ardía también la confianza de una generación que miraba, con horror, cómo la violencia podía apoderarse incluso del lugar donde debía reinar la razón y la ley.

Mientras el Palacio ardía, las transmisiones parecían apartarse de la tragedia. En la memoria quedaron el fútbol, la radio y la televisión en cadena, como si el país pudiera esconderse de aquello que sucedía en el centro de su capital. Pero el horror continuaba gritando su propia historia.

Después quedaron las ruinas. Piedras ennegrecidas, escaleras vacías, documentos destruidos y una multitud de preguntas que no podían retirarse con los escombros. La estructura podía ser reconstruida, pero algo más profundo había quedado roto. Escribí entonces Del palacio que sigue ardiendo.

El título nació de la certeza de que aquel incendio no terminaría cuando se apagaran las llamas. Continuaría en la memoria, en las investigaciones, en las versiones enfrentadas y en la necesidad de saber qué había sucedido con cada persona que entró en el Palacio y no volvió a salir. También continuaría dentro de mí.

«Aún es primavera en mi voz», escribí al comenzar el poema, «y quisiera en lo alto cantar. El 6 de noviembre mi rama quebró». Yo era todavía muy joven. Deseaba cantar, publicar, ejercer la medicina y creer que el futuro podía construirse con estudio y trabajo. Sin embargo, aquel día quebró una rama de esa confianza. El poema quiso preservar las voces que el fuego no debía borrar.

«Hay incendios que continúan después de apagadas las llamas.
Arden en las preguntas sin respuesta,
en las voces que intentaron borrar y en la memoria
de quienes se niegan a permitir que el silencio concluya la destrucción»

Por eso les hablé desde el poema a los muchachos y a las muchachas del porvenir. Les pedí que escucharan lo ocurrido antes de que otros lo deformaran o lo hicieran desaparecer. Quise que aquellos versos cayeran «como gotas de vela que quema al llorar» y que la memoria permaneciera encendida como un cirio. No escribí para ofrecer una explicación definitiva. Tampoco podía hacerlo. Escribí porque necesitaba impedir que el silencio terminara de consumir lo que las llamas habían dejado.

La poesía era la única forma que tenía de entrar en aquel edificio sin atravesar sus puertas destruidas. Podía seguir las voces por los corredores, escucharlas en los baños, en las escaleras y bajo los techos incendiados. Podía preguntar qué decían todavía entre las ruinas. Podía imaginar que alguna vez el amanecer contaría lo que la noche había intentado ocultar.

Aquel incendio también alcanzó mi pequeña ilusión de publicar. Fueron muchos los factores que se desencadenaron por entonces, pero, sin duda, cambió mi ánimo y el de la propia Colombia. Una semana después, la avalancha del Nevado del Ruiz agravaría todavía más aquella desolación.

Desde entonces he recitado muchas veces Del palacio que sigue ardiendo. Lo hago en voz alta, como si al pronunciar sus versos pudiera buscar algo de la confianza exterminada entre el 6 y el 7 de noviembre de 1985. Tal vez la confianza no regresa completa después de ciertos acontecimientos. Quizá solo podamos reunir algunos fragmentos y aprender a vivir con ellos. La memoria tampoco repara por sí sola las pérdidas, pero evita que la destrucción alcance su victoria final.

Mientras alguien recuerde, el fuego no podrá quedarse con todas las voces. Yo tenía veinte años y todavía era primavera en mi voz. Después ardió el Palacio de Justicia. Se quemaron vidas, documentos, verdades y una parte de la serenidad del país. También se quemó, por segunda vez, mi ilusión de publicar un primer libro. Pero el poema sobrevivió. Desde entonces permanece frente a las ruinas, como un pájaro pequeño que todavía se atreve a cruzar el incendio.

 

Si esta historia le interesó…

La angustia de aquellos días y las voces que siguieron ardiendo en mi memoria quedaron plasmadas en el poema «Del palacio que sigue ardiendo».

Te invito a leerlo: https://hernanurbinajoiro.com/urbina-joiro-poema-palacio-sigue-ardiendo/

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Hérnan Urbina Joiro

Escritor y humanista colombiano.

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Hernán Urbina Joiro | Humanista colombiano
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