Personas y momentos que nos hicieron
Entrega 7
Llegué a la facultad convencido de que debía sacrificar una parte de mí para salvar la otra. No imaginaba que, apenas tres días después, una voz desconocida pronunciaría las palabras que cambiarían para siempre el rumbo de mi vida.
Llegué en 1983 a la Facultad de Medicina de la Universidad del Rosario con una inquietud que me ensombrecía más que el cielo bogotano. Temía que estudiar medicina me obligara a abandonar la poesía y la música, que ya cultivaba y por las cuales había recibido premios desde la infancia. Creía que para consagrarme a la ciencia tendría que silenciar una parte de mí, como si el conocimiento exigiera dejar el alma en la puerta.
Al tercer día de mi llegada conocí al doctor Juan Mendoza Vega. La facultad funcionaba todavía en el viejo Hospital de San José. En el tercer piso asistí a la primera clase de Historia de la Medicina que nos dictó. Bastaron su presencia y sus primeras palabras para comprender que estaba frente a un ser humano distinto de cuantos había conocido. Nos habló de grandes médicos que también habían sido escritores, músicos o artistas. Dijo que la medicina debía ser un arte. Allí sentí que alguien acababa de devolverme una parte de mi vida.
Juan Mendoza Vega no nos pedía elegir entre la ciencia y el arte. Mostraba que ambas podían sostener una misma vida. Entonces comprendí que no debía desechar lo que había aprendido antes, sino integrarlo a cuanto aprendería después. Podía estudiar el cuerpo humano sin renunciar a la estética. Podía escuchar el sufrimiento con la misma sensibilidad con que se escucha un relato. Podía buscar el rigor y conservar el asombro del poeta.

Aquel día comenzaron a definirse las coordenadas de mi vida. Desde entonces he procurado vivir asido con una mano a la ciencia y con la otra al arte. Con ambas intento descifrar la condición humana. Con ambas observo y siento. Ambas me impiden reducir la vida a una cifra o a una sola explicación.
El maestro Mendoza Vega encarnaba esa integración. Fue médico, neurocirujano, historiador, literato, periodista y académico. Presidió en dos periodos la Academia Nacional de Medicina de Colombia. Pero ninguno de esos oficios, por sí solo, podía contenerlo. En él, el conocimiento no estaba dividido en compartimentos. Todo confluía en una misma preocupación por lo humano.
Había acompañado durante décadas los avances de la medicina, aunque nunca confundió el progreso técnico con el progreso moral. Sabía que la ciencia podía prolongar la vida, pero también que debía preguntarse hasta dónde hacerlo. Enseñó ética médica, participó en la formación de la bioética colombiana y defendió el derecho de las personas a rechazar tratamientos extraordinarios cuando la medicina ya no podía ofrecerles una verdadera esperanza.
También enseñó a morir con dignidad. Quizá no exista una forma más profunda de humanidad que ayudar a otro a despedirse sin convertir sus últimos días en una derrota de máquinas contra el cuerpo.
«La verdadera formación no consiste
en elegir entre la razón y la sensibilidad,
sino en aprender que ambas pueden unirse
para comprender mejor la condición humana»
Años después escribí que, si aquella certeza no hubiera surgido en mí durante esa primera cátedra, apenas al tercer día de haber llegado a la facultad, probablemente no me habría convertido en el médico ni en el escritor que soy. Tal vez tampoco en el hombre que he llegado a ser.
Con los años, aquella relación de maestro y alumno se convirtió en una amistad profunda. De su mano conocí la literatura griega y latina. También fue uno de los primeros lectores e impulsores de mi libro Humanidad Ahora. Más tarde, en Cartagena, me correspondió presentarlo como miembro honorario de la Academia de Medicina de Cartagena de Indias. Mientras pronunciaba aquel discurso, sentí que el tiempo se doblaba sobre sí mismo y que el joven que había llegado lleno de dudas al Hospital de San José regresaba, casi treinta años después, para agradecer públicamente, en su propia tierra, al maestro que le había enseñado a no dividir su vida.
Gracias a él no tuve que abandonar la poesía y la música para ejercer la medicina, ni renunciar a la ciencia para escribir. Pude aceptar que la ciencia y el arte, la razón y la sensibilidad, no tenían por qué ser enemigos. Hoy, cuando ya no está, comprendo mejor la magnitud de aquel regalo. Juan Mendoza Vega no me enseñó solamente Historia de la Medicina. Me enseñó a no renunciar a ninguna de mis dos manos.
Si esta historia te interesó…
Mi encuentro con Juan Mendoza Vega fue decisivo para hacer del humanismo una forma de vida. En mi libro Humanidad Ahora desarrollo esa visión a través de algunos de los dilemas más determinantes de la humanidad contemporánea.
Te invito a conocerlo: Humanidad Ahora.