Personas y momentos que nos hicieron
Entrega 3
Durante años pensé que podía explicar con facilidad el origen formal de mi poesía. Estaba equivocado. Todo comenzó una tarde de mi infancia, mientras algo incomprensible estremecía las calles y yo buscaba, sin saberlo, una forma de escapar.
No sé cuál fue el primer poema que escribí. Ya hacía coplas desde principios de los años setenta, cuando comprendí que la vida no era literal, sino simbólica, y que había que interpretar permanentemente lo que los demás decían. Escribía sobre todo en la mente y algunas veces en el papel. Jugaba con las palabras y con la musicalidad en un goce estético por la belleza misma de hacerlo.
Pero tengo claro cuál fue el primer poema que transformó para siempre mi relación con la poesía. Se llama «Venganza» y nació en octubre de 1974, cuando tenía nueve años. Desde aquel poema comprendí que la poesía no solo podía producir belleza, sino que también podía salvar del horror.
Mi idea del poeta era entonces la que encarnaban dos hombres de San Juan del Cesar a quienes todos reconocían como bohemios. Uno era Millo, el peluquero. El otro, el profesor Pepe Ariza. Millo cortaba el cabello y escribía a lápiz epigramas políticos cargados de humor y de crítica social. Después recorría las calles para introducirlos por debajo de las puertas. Pepe Ariza pasaba por mi casa todas las noches y, en su camino, se detenía muchas veces a recitar versos de enorme musicalidad. Cada vez que pasaba me acercaba a escucharlo con genuino fervor literario.

Leer los epigramas de Millo o escuchar las rimas del profesor Ariza reafirmaban esa otra manera de entender la realidad y de encontrar un sentido más hondo a las cosas, verdades capaces de iluminar aquello que el lenguaje cotidiano no conseguía explicar.
En octubre de 1974 fue asesinado Gustavo Cuello, un joven muy querido en el pueblo, en una esquina que para mí ya tenía un enorme significado. Le había escuchado repetidas veces a mi tío Gonzalo Urbina que en la esquina de Pachita, donde mi madre solía enviarme a comprar carne, había sido asesinado un presidente de Colombia. En efecto, Joaquín Riascos, presidente de los Estados Unidos de Colombia durante treinta y seis días, había caído allí mismo, en una esquina de San Juan del Cesar.
La noticia del asesinato de Gustavo Cuello se propagó con una velocidad aterradora. Tres campesinos procedentes de las sabanas de Bolívar fueron señalados como responsables. La indignación terminó convirtiéndose en una de las asonadas más violentas que recuerde San Juan del Cesar. Los hombres fueron sacados a la fuerza del Hospital San Rafael, donde permanecían heridos, y asesinados mientras intentaban escapar. La multitud había decidido sustituir la justicia por la venganza y fue capaz de intimidar a la misma fuerza pública.
«Aquella tarde comprendí que la poesía
no servía únicamente para nombrar la belleza.
También podía contener el miedo, transformar el dolor
y devolverle al ser humano un lugar donde volver a respirar»
Yo estaba en el Colegio Gabriela Mistral. Nadie nos explicaba qué ocurría, pero el miedo comenzaba a sentirse en los gestos de las maestras. De pronto apareció mi papá. Aquello era insólito. Nunca iba al colegio. Siempre era mi madre quien atendía cualquier diligencia relacionada con nuestros estudios. Sin decir una palabra nos hizo subir a su jeep azul y regresamos a casa. Solo allí comprendimos la gravedad de lo que estaba sucediendo en las calles.
Sentí miedo por mi familia y por mí mismo. Recuerdo haberme refugiado en el último cuarto de la casa mientras afuera continuaban llegando noticias confusas. Necesitaba hacer algo con aquella angustia que parecía no caber dentro del cuerpo. Entonces escribí un poema.
Cuando terminé de escribirlo advertí que el horror ya no estaba completamente dentro de mí. Había quedado encerrado entre aquellos versos. Sentí un alivio inmediato, casi físico, como si las palabras hubieran extraído gran parte de aquella conmoción. Ese día descubrí, sin haber oído las catarsis y mímesis, que la poesía podía convertirse en una forma de liberación y también en un lugar seguro para regresar después a cualquier suceso sin que volviera a amenazarme. Comprendí que la belleza también podía protegernos.
Tal vez por eso «Venganza» continúa siendo el poema más antiguo que realmente habita mi memoria y lo nombro como Poema 1. Lo conservo con un afecto especial. Muchas veces terminé recitándolo como quien repite una oración, no porque alabara los sucesos de aquel octubre, sino porque me recordaba el día en que descubrí que las palabras también podían salvar.
Después de «Venganza» empecé a escribir cada vez más en el papel y ya no volví a separarme de mis escritos. Comencé a llevarlos conmigo a todas partes. Primero fueron hojas dobladas en los bolsillos, muchas veces simples servilletas. Luego cuadernos. Finalmente, hacia finales de los años ochenta, comencé a guardarlos en un procesador de textos. Lo que nunca cambió fue la necesidad de seguir escribiendo. Sabía desde octubre de 1974 que, si el mundo podía ahogarme, la poesía siempre podría devolverme un lugar donde respirar.
Poema 1. Venganza (1974)
La maestra horrorizada no tuvo que decirlo.
Algo malo ha sucedido. Mi papá fue hasta el colegio.
Se levantaba el pueblo como ocurrió en otro siglo
desde el mismísimo sitio en que un Presidente había muerto.
En la esquina de Pachita, me contó el tío Gonzalo,
un Presidente de Estado cayó en guerra con Farías.
Joaquín Riascos en sus días se firmaba el derribado.
Morir ahí mismo a Gustavo
Cuello luego tocaría.
Balacera, piedras, machete, alboroto.
En la arena uno tras otro
cayeron los sospechados,
por donde quiera intentaron
escapar quedó un rojo.
Policía, el gobierno todo,
ese día quedó anulado.
De la venganza no hay quien pueda devolverse.
No se sabrá la verdad
de los bolivarenses.
Si esta historia le gustó…
Aquella tarde de octubre de 1974 no solo nació un poema. También comenzó mi manera de entender la poesía como refugio, memoria y libertad. Muchos de esos primeros pasos permanecen reunidos en mis poemarios.
Lo invito a descubrirlos: Poemarios de Hernán Urbina Joiro