La búsqueda de la verdad ha sido siempre la empresa más noble del intelecto humano, pero en su sinuoso camino, la modernidad nos hizo tropezar con una fantasía que hoy resulta a todas luces delirante. A partir del siglo XIX, bajo la enorme influencia de figuras como Leopoldo von Ranke, la historia intentó vestirse a la fuerza con la bata blanca de las ciencias exactas.
De este impulso nació el positivismo histórico, una corriente metodológica que nos vendió una ilusión tan seductora como imposible: la aspiración de contar el pasado «exactamente como ocurrió», persiguiendo una objetividad perfecta, inmaculada y, sobre todo, desprovista de cualquier latido humano.
Para los defensores de esta doctrina, el historiador y el cronista debían transformarse en registradores asépticos. Creían firmemente que, para acceder al «verdadero saber», era obligatorio extirpar del relato toda emoción, todo asomo de empatía o vibración subjetiva. Es sumamente revelador acudir a la etimología para comprender la violencia intrínseca de este método: la palabra «ciencia» proviene de la antigua raíz indoeuropea ‘skei’, que significa «cortar», «hendir» o «separar». El positivismo tomó este mandato de disección al pie de la letra. Usaron el bisturí del método científico para seccionar y apartar las pasiones, los miedos y los anhelos de quienes protagonizaron el ayer.
Pero esta aspiración delirante a la exactitud milimétrica demostró ser un terreno profundamente estéril. En los pasillos de la academia, disecó a la historiografía formal, convirtiéndola, por mucho tiempo, en un cementerio de fechas y tratados sin alma. Sin embargo, el daño colateral fue aún más trágico: este paradigma contagió a las artes. Afectó gravemente a los escritores de ficción, quienes se vieron arrinconados y empujados hacia un realismo y un positivismo abrumadoramente descriptivo. Fue un enfoque castrador de la estética, una dictadura del dato que asfixiaba la imaginación y le prohibía a la literatura cumplir su función más sagrada: recrear el espíritu invisible de las épocas muertas.
Cuando el positivismo intentó extirpar el alma
Afortunadamente, el pensamiento humano es un río que termina por desbordar los diques artificiales. A lo largo del siglo XX, la historiografía formal y académica despertó de este letargo y superó aquella aspiración delirante. Hoy, la filosofía, la sociología y la nueva narrativa han desmantelado la quimera de la objetividad pura.
Hemos comprendido, por fin, que la historia no es una ecuación matemática; es un relato construido por humanos sobre las cenizas de otros humanos. Hoy sabemos que no hay verdad completa sin emociones. Ese falso realismo positivista ha dejado de dictar las reglas, permitiendo que tanto el académico como el novelista recuperen el derecho a sentir, devolviéndole a la literatura su potencia estética y a la humanidad, su espejo más fiel.




