Escritor y poeta colombiano. Sitio oficial.

José Antonio Joiro Fuentes

Personas y momentos que nos hicieron

Entrega 1

 

Durante muchos años creí que había perdido para siempre una música que apenas tocó mis primeros cinco años. Sin embargo, cada cierto tiempo algo volvía a insinuarla, como si una melodía antigua hubiera encontrado otra manera de atravesar el silencio y llegar hasta mí.

 

No recuerdo el sonido del clarinete de mi abuelo Toño Joiro. Murió cuando yo corría mi quinto año de vida y la memoria no alcanzó a conservar la música de sus manos. Sin embargo, después de tantos años dedicado a crear canciones, poemas y libros, he comprendido que existen melodías que sobreviven por generaciones sin necesidad de volver a ser escuchadas.

No me acuerdo de su música, pero conservo intacto su afecto. Fue él quien me enseñó el arcoíris. Conservo el asombro de aquella tarde en que me mostró que el cielo podía abrirse en todos los colores, que la belleza aparece muchas veces sin previo aviso. También fue él quien me llevó por primera vez al río. Creí que la corriente estaba viva, que era una inmensa serpiente de cristal deslizándose bajo la luz. También conservo su abrazo. Mi madre iba a castigarme por alguna razón y él me protegió. Aún hoy siento aquel refugio. Él fue quien comenzó a llamarme «Nacho», pese a haber sido bautizado como Hernán.

Lo describían como un hombre de pocas palabras, profundamente bueno y reservado. Siempre me he preguntado si aquel silencio tenía alguna relación con la historia de su propia infancia. Su padre había emigrado de Riohacha a San Juan del Cesar por causa de la Guerra de los Mil Días y murió un mes antes de que él naciera. Ignoro cuánto pesó sobre su vida aquella ausencia. Pero no me cuesta imaginar que las pérdidas tempranas obligan a algunas personas a conversar más consigo mismas. Tal vez por eso eligió el clarinete. Se formó como clarinetista en una banda del pueblo. Lo recordaban como un extraordinario ejecutante.

El clarinete de mi abuelo
Hernán Urbina Joiro y su abuelo José Antonio Joiro Fuentes.

Mi padre, Abel Urbina, fue quien me enseñó el oficio de componer. Sin embargo, con el paso de los años empezó a rondarme una pregunta. ¿Por qué la música encontró un lugar tan natural en mí? En la familia Urbina no conocí antecedentes de ejecutantes de instrumentos musicales. En cambio, por mi línea materna aparece la figura luminosa de un abuelo clarinetista. Esto no es una teoría sobre la herencia. Pero tampoco puedo impedirme pensar que existen sensibilidades que viajan silenciosamente de una generación a otra.

Desde hace muchos años, cada vez que escucho un clarinete, intento descubrir entre sus notas alguna huella de mi abuelo. Me pregunto cómo habría respirado una frase, dónde habría demorado un sonido, qué emoción habría dejado suspendida antes del silencio. Nunca encuentro una respuesta. Pero tampoco dejo de buscarla. El clarinete tiene una virtud misteriosa. Su sonido puede pasar, casi sin ruptura, de la alegría a la melancolía. Puede cantar con una dulzura casi humana y, al mismo tiempo, dejar una sombra de nostalgia aun cuando interpreta una melodía vivaz. El clarinete no suele imponer su voz. Más bien parece invitar a conversar.

«Hay herencias que no se transmiten por las palabras
ni por los bienes, sino por una forma de sentir el mundo.
Algunas melodías desaparecen del oído,
pero continúan respirando en quienes aprenden a mirar con ellas»

Y entonces me ocurre algo inesperado. Mientras escucho ese instrumento, termino escuchando también algunas de mis propias melodías, incluidas las que habitan en mi prosa. No porque crea que procedan directamente de él. Eso nadie podría demostrarlo. Pero sí presiento una afinidad poderosa. Mis canciones y mis escritos no buscan el deslumbramiento. Prefieren la emoción a la exhibición, la confidencia al artificio. Buscan iluminar por dentro, no tanto hacia afuera.

Tal vez estas semejanzas sean solo una ilusión. O tal vez se trate de una de esas herencias invisibles que nunca podrán probarse. No lo sé. Lo que sí sé es que mi padre puso en mis manos el oficio de la música. Pero sospecho que mi abuelo despertó, mucho antes de que yo pudiera comprenderlo, la sensibilidad necesaria para recibir aquel regalo y extenderlo hacia otras formas de creación. Quizá esa fue su verdadera enseñanza. Hay personas cuya obra no termina cuando mueren. Continúa viviendo, mucho después de su partida, en la forma como otros aprenden a mirar el mundo.

Durante años ignoré cómo había sido mi último encuentro con él. En 2022 grabé una entrevista con mi tía Emilda Joiro. Fue ella quien lo reconstruyó. Contó que, sintiendo cercana la muerte, pidió que fueran a buscarme. Yo tenía cinco años. Era de noche. Llovía un poco. Me envolvieron en una sábana y me llevaron desde nuestra casa, situada apenas a una cuadra de la suya, hasta su habitación. No sé si abrió los ojos al verme. No sé si alcanzó a decir alguna palabra. No sé si mis ojos de niño comprendieron que aquella sería nuestra despedida. Lo único cierto es que quiso verme. Cuando todo estaba terminando, todavía encontró un lugar para su nieto.

Cada vez que alguna de mis creaciones logra conmover a alguien, me gusta pensar que, en alguna parte de ella, todavía respira el clarinete de mi abuelo.

 

Si este recuerdo lo conmovió…

La figura de mi abuelo no termina en esta semblanza. También permanece viva en algunos de los primeros poemas que escribí y que hoy forman parte de mis poemarios:

Te invito a descubrirlos: Poemarios de Hernán Urbina Joiro

 

 

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Hérnan Urbina Joiro

Escritor y humanista colombiano.

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