A lo largo de los siglos, la literatura y la historia enfrentaron amenazas múltiples, pocas tan sutiles como aquella que quiso someterlas en nombre de la doctrina. Hablemos de la caída del materialismo histórico.
Me refiero al materialismo histórico derivado de las ideas de Marx y Engels. Un enfoque que, bajo apariencia de rigor social, ocultaba una intención más pragmática, pues no buscaba verdad sino control y poder.
Durante demasiado tiempo, corrientes dominantes permitieron que el pasado fuera secuestrado. La memoria colectiva y las motivaciones de nuestros antepasados fueron moldeadas para encajar en esquemas prefabricados. Convirtieron al pasado en sirviente de la ideología política.
Todo relato que no alabara la lucha de clases era tachado de reaccionario.
El mayor pecado de ese reduccionismo fue la soberbia. Quiso someter el misterio del alma humana a leyes económicas frías.
Propuso una visión gris y triste del mundo. En su afán de explicarlo todo, anuló la magia de la existencia y castigó la independencia individual. Olvidaron que el ser humano no está hecho solo de materia y trabajo. Está hecho también de pasiones, miedos irracionales, sueños incalculables e imaginación irreductible.
La caída del materialismo histórico.
Afortunadamente, la tiranía ideológica nunca venció al espíritu creativo. Grandes mentes desmontaron esa prisión intelectual.
Figuras como Umberto Eco y Gabriel García Márquez desafiaron aquella frialdad teórica. Comprendieron que la historia no es marcha mecanicista hacia utopía económica. Es un laberinto lleno de mitos, tragedias y milagros cotidianos.
Con sus obras probaron una premisa que hoy defiendo en «La Ficción, la Historia y lo Humano», que la literatura revela verdades humanas que ninguna teoría arrogante puede alcanzar. El arte venció a la propaganda. La humanidad recuperó el derecho a narrarse con magia, complejidad y libertad verdadera.




