Escritor y poeta colombiano. Sitio oficial.

Dos profesores, miles de senderos

Dos profesores, miles de senderos. Argemiro Peralta y Moisés Fontalvo.

De izq. a der.: Profesores Argemiro Peralta y Moisés Fontalvo.

Personas y momentos que nos hicieron

Entrega 6

 

Uno me permitía abandonar el salón cuando todos creían que debía permanecer sentado. El otro se negó a aceptar el destino que los demás habían escogido para mí. Ninguno podía saber hasta dónde llegarían aquellos gestos, pero entre los dos evitaron que muchas puertas se cerraran antes de tiempo.

 

En 1975 cursaba cuarto de primaria y tenía diez años. Argemiro Peralta era mi profesor de Ciencias Naturales. Desde las primeras clases surgió entre nosotros una comunicación que no necesitó explicaciones. Yo acostumbraba leer los textos de biología y ciencias de grados superiores que encontraba a mi alcance. No buscaba adelantarme a nadie ni demostrar una precocidad. Ejercía este deseo de saber, de conocer e imaginar. El profe Argemiro estaba complacido con mi precocidad.

En mi colegio anterior había causado desconcierto que, en 1974, cuando cursaba tercero de primaria, quisiera conversar sobre las diferencias entre las células animales y vegetales. Parecía extraño que un niño formulara preguntas fuera de los límites del curso. El profe Argemiro reaccionó de otra manera. Escuchó con naturalidad, permitió que la conversación avanzara y jamás intentó devolverme a ningún punto del programa.

Aquella actitud tuvo para mí una importancia crucial. Las clases formales solían y todavía suelen aburrirme. El pensamiento no avanzaba en línea recta. Una explicación despertaba otra pregunta, una observación llevaba a otra, y podía convertirse en la entrada natural y placentera a otro mundo posible. Me costaba permanecer quieto dentro de una única respuesta porque todo parecía abrirse hacia nuevas direcciones.

San Juan del Cesar al amanecer
San Juan del Cesar al amanecer

El profesor Argemiro comprendió que aquella dispersión aparente no era falta de interés. Ya había estudiado los contenidos de Ciencias de cuarto de primaria. Él me eximía de los exámenes y nunca recibí esa decisión como un privilegio ni como una distinción. La sentía como un regalo. Me concedía tiempo para hacer lo que más disfrutaba: irme al campo que estaba detrás del colegio, mirar lo que había, y seguir haciéndome preguntas.

No solo ocurría durante los exámenes. Durante sus clases, si yo lo solicitaba, me dejaba salir. Él comprendía que no me alejaba de su clase. En realidad, continuaba aprendiendo de otra manera. Observaba el cielo, los árboles, la tierra, los insectos y el movimiento del pueblo que alcanzaba a insinuarse más allá de los límites escolares. Salía del aula, pero no abandonaba el aprendizaje.

La mañana del 7 de noviembre de 1975 me encontraba recorriendo aquella cancha de fútbol cuando una explosión estremeció San Juan del Cesar. El sonido atravesó el pueblo y retumbó dentro de mí. Poco después nos enviaron a casa. Un hombre había muerto en la calle del Carmen al pasar frente a un taller donde realizaban labores de soldadura en un tanque.

La tragedia se enlazó de inmediato con un recuerdo de mi abuelo Toño Joiro. Él me había enseñado el arcoíris durante un aguacero y me advirtió que había que respetarlo porque podía llevarse a las personas. Yo entonces lo relacioné con los relámpagos y los truenos que se asociaban a la aparición del arcoíris. Cuando supe de la explosión, quise examinar aquella tragedia mediante la poesía. Entonces escribí «Viajeros del trueno», el segundo poema temprano que pude rescatar.

Ese poema quedó dedicado a Argemiro Peralta. No porque él hubiera estado a mi lado cuando ocurrió la explosión, sino porque el estruendo me encontró dentro de la libertad que él me había concedido. Aquella mañana yo no estaba inmóvil frente a un tablero. Caminaba con los sentidos abiertos, en un espacio donde la naturaleza, la imaginación y la poesía podían encontrarme.

El profesor Argemiro no consolidó únicamente mi apego a la ciencia. Me ofreció amistad, cordialidad y estímulo en una edad en que una actitud de confianza puede cambiar la relación de un niño consigo mismo. Nunca pretendió encerrarme dentro de una sola forma de aprender. Me hizo sentir que la curiosidad era una fuerza que merecía espacio. Cuatro años más tarde apareció otro maestro decisivo.

En 1979 conocí a Moisés Fontalvo, quien reemplazó al profesor Gabriel Estrada en las clases de Biología y Química. Con él también surgió una amistad inmediata y fraterna. Fue también uno de esos seres providenciales que me estimularon a aprender por fuera del método tradicional, y a seguir amando la biología y el arte. Fue uno de los que más festejó en 1982 cuando anunciaron que yo había obtenido el más alto puntaje de ICFES de mi colegio. Él sabía que saber y conocer son distintos de memorizar y repetir.

A finales de los 70 y principios de los 80, ya no era el niño que caminaba alrededor de una cancha de fútbol. Había comenzado a escribir con mayor frecuencia, componía canciones vallenatas, cultivaba la poesía social y descubría que la palabra podía actuar en muchos territorios. El profesor El profesor Moisés fue testigo de excepción de mis inicios en la lírica amorosa, nacida de los amores colegiales y expresada en mi poesía y en mis canciones.

El profesor Moisés recibió con naturalidad la noticia de que yo había conseguido un vademécum en una farmacia y lo tenía bastante memorizado. Simplemente dijo: «Será un excelente médico». Disfrutaba de mis artículos en el periódico colegial y me animó a ser orador.

En los actos del colegio me correspondía disertar sobre asuntos muy diversos. Antes de hablar organizaba las ideas que iba a comunicar sin leer. Siempre que podía, consultaba con el profe Moisés muchas de ellas. Él comprendía que la oratoria no era una inclinación aislada. Allí también estaban la poesía, la sensibilidad social y la necesidad de interpretar el mundo. Gané los concursos de oratoria colegiales, municipales y después el concurso departamental.

Casi todos pensaban que terminaría estudiando Derecho. Mis profesores lo creían. Mi papá también. Parecía una conclusión razonable para quien ganaba concursos de oratoria y escribía artículos de contenido social. Sin embargo, el profe Moisés era de los que realmente sabían que mi camino siguiente estaría en la medicina, sin cerrar otros caminos que deseaba explorar.

Los auténticos maestros, aquellos que logran sacar lo mejor de alguien, se acercan a esa persona y alcanzan a conocerla en profundidad. Desde fuera suele verse una habilidad evidente y a veces se pretende construir con ella un destino completo. Pero un buen maestro no observa únicamente lo que el alumno hace mejor en público. También atiende aquello que el alumno cultiva cuando nadie lo mira.

Argemiro Peralta y Moisés Fontalvo no me enseñaron a escoger un solo camino.
Me ayudaron a reconocer que la ciencia, la poesía y la música
podían crecer dentro de una misma vida sin destruirse entre sí.

Ese fue el regalo más profundo de estos dos entrañables maestros. No cultivaron únicamente el sendero que iba marcando el sistema académico. También impidieron que otros senderos fueran cerrados por quienes, incluso con buena intención, podían considerar que una persona debía limitarse a una sola vocación.

San Juan del Cesar era entonces un lugar apartado, no solo por la distancia geográfica. Como ocurría entonces en la mayoría de los pequeños pueblos de Colombia, las posibilidades culturales eran reducidas y muchas formas de conocimiento llegaban con lentitud. Un niño o un adolescente con demasiadas inquietudes podía parecer disperso, indisciplinado o incapaz de decidirse. La multiplicidad, en lugar de reconocerse como una riqueza, puede ser tratada como un problema.

Hay personas cuya comprensión no acepta vivir dentro de una sola habitación. Necesitan recorrer varias. Para ellos, ningún nombre alcanza a contener por completo esa necesidad de relacionarlo todo, que ya traen de nacimiento. Mis dos profesores actuaron con intuición afortunada. Ninguno me obligó a mutilar ninguna parte de mí para hacer más comprensible la otra. El profe Argemiro abrió una puerta a lo que había en el campo detrás del colegio. El profe Moisés mantuvo abiertas todas las demás.

Sabían que aprender no significa refrendar lo que ya está escrito, sino mirar el mundo con suficiente libertad para encontrar nuevas relaciones. Sabían que un rendimiento sobresaliente no siempre revela el destino de una persona y que el verdadero maestro debe escuchar más allá de las felicitaciones cotidianas.

Mi aprendizaje autodidacta siempre fue el mejor. Todavía estudio de la misma manera: avanzando entre preguntas, resolviéndolas yo mismo, observando lo que pudo pasarse por alto, permitiendo que una senda me conduzca hacia otra y procurando conocerlas lo mejor posible.

Recuerdo, entonces, con eterna gratitud a mis profesores Argemiro Peralta y a Moisés Fontalvo. En un pueblo donde mis inquietudes podían resultar incomprensibles, ellos no intentaron reducirlas. Las acompañaron. No me entregaron un mapa terminado. Hicieron algo más valioso: evitaron que borraran los caminos antes de que yo pudiera recorrerlos.

He tenido grandes maestros a lo largo de mi vida y todavía los tengo. Algunos me enseñaron conocimientos extraordinarios. Otros modificaron mi manera de entender el mundo. Pero aquellos dos llegaron cuando los senderos apenas comenzaban a formarse y podían ser fácilmente bloqueados por la incomprensión o las expectativas ajenas.

Un maestro verdadero no impone una sola dirección y reconoce cuándo el alumno necesita muchas. No obliga a escoger entre la vocación y el asombro. Más bien enseña a caminar sin renunciar a ninguna de sus propias preguntas. Peralta y Fontalvo fueron dos profesores, pero entre los dos me facilitaron cultivar miles de senderos.

 

Si esta historia le interesó…

Lo invito a conocer el segundo poema más antiguo que conservo: «Viajeros del trueno».

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Hérnan Urbina Joiro

Escritor y humanista colombiano.

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Hernán Urbina Joiro | Humanista colombiano
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