Donde se enseña la curiosidad

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Donde se enseña la curiosidad

Hernán Urbina Joiro escritor

Primera sede del Colegio Gabriela Mistral (San Juan del Cesar, Colombia).

Donde se enseña la curiosidad | Hernán Urbina Joiro

Las reminiscencias de un colegio que se dedica a enseñar la curiosidad puede importarle poco a los líderes que apuestan al cientifismo y a ilusiones tecnológicas en sus planes educativos.

Se trata de líderes que parecen desechar que la calidad en educación reside en la calidad de los profesores, en los hombres y mujeres que hacen la diferencia entre un alumno con información y otro con conocimiento, maestros que lidian con el facilismo tecnológico, la amenaza a la lectura, a los procesos de aprendizaje.

Estas reminiscencias de un colegio de provincia están escritas para aquellos que se interesan en la noción de «humanidad» en la enseñanza,

Cada cual nace con potencialidades, más o menos expresadas al momento en que pisa por primera vez el jardín escolar, pero también es cierto que hasta el potencial más fuerte podría apagarse a medida que el pequeño enfrenta uno a uno a los maestros que la vida le impone.

Porque, en verdad, no existen “proyectos o temas áridos”; siempre es posible contagiar el asombro de comprender, transmitir el entusiasmo por conocer más.

Y es esa alegre conmoción, ese relumbre con que premia la curiosidad, lo más grande que podría enseñarse —o dejársele intacto— a alguien antes de que se marche con su graduación en las manos. Al respecto, presumo tener gratitudes para reconocer y tal vez para compartir.  

A principio de los años setenta, cuando aún se impartía enseñanza en la casona esquinera de la calle cuarta de San Juan del Cesar, el Colegio Gabriela Mistral era un espacio más bien reducido, apenas delimitado por las voces de otra clase a poca distancia. Allí se oían gallos, había flores de cayena y nadie impedía averiguar.

Es un hecho que allí se estudiaba al mismo tiempo con alumnos de otros grados. Un buen día empecé a comentarle a mis compañeros las diferencias entre las células animales y las vegetales —yo husmeaba textos de bachillerato—, bajo la complicidad de mis maestros.

Luego ampliaron la sede a la carrera quinta. Una mañana llevaron una gallina para mostrarnos los prodigios de las aves de corral y de un momento a otro pregunté por qué alzaba la cabeza cuando bebía agua.

Como si quisiera recitar a la Nobel chilena: “Nada más triste que el alumno compruebe que su clase equivale a su texto” (Pensamientos, 1925), mi buena maestra me contagió con una sonrisa las ganas de averiguar:

—Quizás, para darle gracias a Dios —dijo.

En esos años setenta la pasaba jugando mentalmente a cambiarle la letra y las melodías a los vallenatos que oía para luego recitarlos mudo al cielo, a un ave, a cualquier objeto.

Una vez me sorprendió la rectora en plena formación colegial recitándole a una flor, pero era demasiado tarde. Ya estaba enfermo de eso que enseñaba Lucila Godoy: “El buen sembrador siembra cantando” (Pensamientos, 1925).

Aquél impulso de mis maestros para que siguiera curioseando con las palabras y las cadencias me acompaña hasta hoy. ¡Todavía le sigo cantando en silencio a las flores!

Hoy se sigue apostando más a la simple oferta de cupos en los colegios y de monitores de computadoras por ciudad, cuando necesitamos progresar —la tecnología es necesaria, pero no lo primordial— en equidad y justicia, entre ciudadanos responsables que permitan que la cooperación internacional caiga en buen terreno.

Eso sólo se logra con una educación de seres humanos responsables de ellos mismos y de sus países, seres humanos que, incluso, no dependan por completo de la educación formal que les tocó.

Yo me apresuro a agradecer al Colegio Gabriela Mistral —que festeja sus 40 años— la curiosidad que alivió, en parte, mi incapacidad frente a sueños distintos a los predecibles desde las aulas.

En esto fueron esenciales los maestros que invitaban a averiguar entre cantos de gallos y flores de cayenas.

De todas formas, me sigue pareciendo un milagro que allí soportaran a alguien que siguiera así, casi que solamente, sus intranquilidades. Podría ser un milagro, como lo escribió la patrona chilena de mi colegio en sus “Mariposas” (1938), pues: “El milagro se repite donde el aire llaman Colombia”.

24 de septiembre de 2008
Cartagena de Indias.

Donde se enseña la curiosidad | Hernán Urbina Joiro

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Hérnan Urbina Joiro
Hérnan Urbina Joiro
Escritor y humanista colombiano.

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