Escritor y poeta colombiano. Sitio oficial.

Descubrimiento y pérdida de la India Catalina

Representación de la India Catalina vendada, amordazada y con las manos atadas

Personas y momentos que nos hicieron

Entrega 15

Han pasado cerca de treinta años desde que comencé a buscar a la India Catalina entre documentos dispersos, crónicas antiguas, cartas casi olvidadas y legajos dormidos en los archivos. Costó cerca de veinte años rescatarla del ostracismo y del señalamiento injusto. Durante siglos fue juzgada desde el odio contra los personajes de la conquista, como si una niña secuestrada hubiera podido elegir libremente el destino que otros le impusieron. Fue necesario apartar muchas capas de rencor para comenzar a verla en toda su complejidad humana.

Ahora, cuando están por cumplirse tres décadas del comienzo de aquellas pesquisas, la historia de la India Catalina corre nuevamente el peligro de desaparecer. Ya no bajo el silencio de los archivos, sino bajo algo tal vez más dañino, la falsificación convertida en espectáculo.

Los mercaderes del entretenimiento han descubierto que la historia también puede venderse cuando se la deforma. Les importa poco que los hechos hayan ocurrido de otra manera. Toman un nombre real, lo rodean de invenciones y presentan el resultado como si fuera un drama histórico. Así han trastocado la imagen de Catalina ante un público no especializado, poco enterado de las investigaciones y sin las herramientas necesarias para distinguir entre el documento y la fábula comercial. Después de tantos años buscándola y de haber contribuido a rescatarla de una larga injusticia, molesta verla otra vez empujada hacia la sombra.

Portadas de la primera, segunda y tercera edición de Entre las huellas de la India Catalina
Las tres ediciones de Entre las huellas de la India Catalina.

Antes de 1997, quienes contemplábamos la estatua de la India Catalina la veíamos como un monumento hermoso y emblemático de Cartagena de Indias. Cuando preguntábamos quién había sido aquella mujer, las respuestas eran siempre contradictorias. Casi todas coincidían en que había acompañado a Pedro de Heredia y traicionado a su pueblo durante la conquista. La ciudad exaltaba su figura en uno de sus espacios más visibles, pero al mismo tiempo la memoria popular la condenaba.

Se hablaba de ella como una traidora, como una mala mujer. La acusaban de haberse entregado a los conquistadores y de haber abandonado a los suyos, sin detenerse a preguntar de dónde provenían esas afirmaciones. Catalina permanecía erguida sobre el pedestal mientras a su alrededor circulaban el desprecio y el agravio.

En 1997 asistí a un almuerzo en la casa-taller del maestro Héctor Lombana, en Bogotá. No lo conocía todavía. Durante la conversación, el maestro relató cómo había nacido la imagen que luego sería reconocida como la India Catalina.

No se trataba de una mentira inventada por él, como podría pensarse al escuchar la historia apresuradamente. Lombana había recibido el encargo de crear el trofeo para el segundo Festival de Cine de Cartagena. Concibió entonces una figura femenina de rasgos indígenas. Era una creación artística, no la reconstrucción física de un personaje histórico.

A aquella figura imaginaria le dieron el nombre de una leyenda encontrada en el libro de Camilo S. Delgado. Del encuentro entre una escultura creada para premiar al cine y el nombre de una mujer mencionada por la tradición nació la imagen que, con los años, se convertiría en uno de los símbolos más reconocibles de Cartagena.

Decidí entrevistar formalmente al maestro Lombana. Por aquellos años colaboraba con varios diarios colombianos y pensé que allí había una gran historia para una crónica. El monumento más importante de Cartagena parecía basarse en una ficción que, además, despertaba odio.

Pero necesitaba un marco histórico sólido. Acudí entonces a la Academia Colombiana de Historia, donde me facilitaron varios textos sobre la conquista de los territorios del Caribe colombiano. En la página 144 del tercer volumen de la Historia general y natural de las Indias, de Gonzalo Fernández de Oviedo, encontré una línea que cambió el rumbo de todas mis preguntas.

Allí se relataba que Pedro de Heredia, durante el viaje que lo conduciría como gobernador a los territorios de Cartagena, había hecho una escala en Gaira para embarcar a una india lengua, nacida y criada en Cartagena.

Aquel hallazgo demolió mi primera intención de escribir una crónica sobre una invención histórica. Algo no encajaba. La imagen del monumento podía haber sido creada por el maestro Lombana, pero la mujer a quien se le había dado aquel nombre parecía haber existido. No estaba ante una falsedad completa, sino ante una historia mucho más compleja. La investigación dejó entonces de buscar un engaño y comenzó a buscar a una mujer.

Las averiguaciones realizadas en Bogotá ya señalaban su presencia en los territorios de Cartagena durante los primeros tiempos de la conquista. También permitían vislumbrar la tragedia de su vida. Catalina había sido secuestrada cuando era niña por hombres de la expedición de Diego de Nicuesa y llevada lejos de su tierra. Años después habría regresado desde Santo Domingo al Caribe del cual la habían arrancado.

En 1999 trasladé mi residencia de Bogotá a Cartagena de Indias. Las preguntas sobre Catalina permanecían abiertas. No se conocían las circunstancias precisas de su regreso ni cuál había sido su verdadera intervención en los primeros encuentros entre los españoles y los pueblos de estos territorios.

Después de pasar casi diariamente frente al monumento, resolví acudir a la Academia de la Historia de Cartagena de Indias. Allí consulté y fotocopié documentos, boletines y libros antiguos. Revisé las obras de Eduardo Gutiérrez de Piñeres, Camilo S. Delgado y otros autores que contenían informaciones valiosas, aunque dispersas, sobre Catalina y los primeros años de la conquista.

«Durante casi treinta años busqué a la India Catalina entre documentos y silencios.
Costó cerca de veinte años rescatarla del ostracismo.
Hoy, cuando su historia vuelve a ser deformada para convertirla en espectáculo,
duele verla otra vez empujada hacia la sombra»

Una vez pregunté cuál había sido la discusión más importante librada por aquella institución durante su historia. Me respondieron que probablemente había sido la controversia sobre la fecha de la fundación de Cartagena. Los académicos bogotanos sostenían que había ocurrido el 20 de enero, mientras la Academia de Cartagena defendía el 1.º de junio.

Cuando pregunté cómo habían logrado resolver aquella disputa, me hablaron de una carta de Pedro de Heredia. Pedí que me ayudaran a buscarla y finalmente la encontramos transcrita en el boletín historial 69 de 1930.

La carta había sido escrita por Heredia a finales de abril o comienzos de mayo. Allí anunciaba que regresaría al lugar al cual había llegado en enero, pues durante su recorrido no había encontrado otro sitio más conveniente para establecer la población. Sin embargo, el documento guardaba una información todavía más importante para mis pesquisas.

Heredia relataba que, al llegar en enero, se había encontrado con un indígena y que, mediante «la lengua», le había hecho comprender que los recién llegados venían en son de paz. Aquella expresión dibujaba la presencia de Catalina a su lado. Unida a la noticia de Gonzalo Fernández de Oviedo sobre la india nacida y criada en Cartagena que Heredia había embarcado en Gaira, fortalecía la posibilidad de que Catalina hubiera sido la voz mediante la cual el conquistador habló por primera vez con los habitantes de estos territorios.

Ya no buscaba solamente probar que aquella mujer había existido. Comenzaba a seguir la huella de una de las primeras voces que resonaron en el encuentro entre los españoles y los pueblos originarios de Cartagena.

Con los documentos reunidos en Bogotá y los hallazgos realizados en Cartagena preparé un ensayo preliminar. Como era columnista del diario El Universal, lo envié al doctor Darío Morón Díaz, entonces director del periódico, para que lo leyera y me ofreciera sus consejos.

Grande fue mi sorpresa cuando recibí una comunicación en la cual se me informaba que los miembros de la Academia habían estudiado la investigación y acordado elegirme miembro correspondiente por la calidad y la novedad de las pesquisas. Hasta entonces nadie se había detenido a sacar de la niebla documental a aquel personaje tan profundamente cartagenero.

Acepté la designación, pero advertí que el trabajo todavía no había concluido. Aquel reconocimiento no podía representar el final de la búsqueda. Apenas me encontraba ante el umbral de una historia mucho más extensa.

Siempre agradeceré a mi colega y amigo Jaime Turco, quien me puso en contacto con María del Carmen Gómez, la investigadora más rigurosa de la vida de Pedro de Heredia. Cuando las fuentes relacionadas directamente con Catalina comenzaron a agotarse, comprendí que debía seguir las huellas del conquistador.

Ingreso de Hernán Urbina Joiro a la Academia de la Historia de Cartagena de Indias en 2003.
Ingreso de Hernán Urbina Joiro a la Academia de la Historia de Cartagena de Indias en 2003. 

María del Carmen Gómez fue decisiva en ese camino. Hoy, cuando ella ya no está, recuerdo con nostalgia su generosidad, su rigor y la alegría con la cual compartía cada hallazgo. Antes de viajar a Sevilla para investigar en el Archivo General de Indias, estudié minuciosamente su extensa bibliografía y preparé una lista de documentos que podían contener nuevas pistas.

Le pedí que me ayudara a contratar los servicios necesarios para localizar y transcribir aquellos materiales y otros documentos relacionados, de manera que, al llegar a Sevilla, pudiera trabajar directamente sobre ellos.

María del Carmen no estuvo sola en esa tarea. La acompañó un equipo generoso encabezado por María Salud Elvás. Conservo un recuerdo agradecido de todos ellos y de los amigos de Sevilla que me ayudaron durante aquellas pesquisas.

La indígena que Gonzalo Fernández de Oviedo había mencionado apenas en una línea comenzó finalmente a desprenderse de la sombra. La mujer de bronce de Cartagena recuperaba poco a poco su voz.

La primera edición de Entre las huellas de la India Catalina fue presentada en Cartagena de Indias en agosto de 2006. Tuvo dos presentaciones que permanecen entre los recuerdos más gratos de aquella edición.

Una estuvo a cargo de María del Carmen Gómez, quien además viajó desde Sevilla para acompañarme durante el lanzamiento. La otra fue escrita por Vicente Martínez Emiliani, presidente de la Academia de la Historia de Cartagena de Indias. Entre otras apreciaciones, Martínez afirmó que aquella investigación había significado el descubrimiento de la India Catalina.

Secuestrada cuando era niña, desengañada por lo ocurrido durante la campaña de Heredia, derrotada en el juicio contra el conquistador y sumida después en el ostracismo, su vida enfrenta ahora otra amenaza, además de la que proviene de quienes la odian por desconocimiento. Es la amenaza de quienes han descubierto que su nombre puede producir dinero.

Los mercaderes del entretenimiento no necesitan insultarla. Les basta con utilizarla. Toman su nombre, deforman su vida y presentan como historia una ficción que no respeta los hechos esenciales de su existencia. De ese modo convierten el dolor en mercancía y aprovechan el prestigio de un personaje real para revestir de autenticidad invenciones concebidas para vender.

La ficción tiene derecho a imaginar. No tiene derecho a engañar al público presentando como historia aquello que contradice las investigaciones y los documentos. Catalina no necesita nuevas fantasías que la disfracen. Necesita que se conozca su vida y que se la comprenda con la humanidad que durante siglos le fue negada.

El descubrimiento de la India Catalina no consistió solamente en encontrar documentos. Consistió en devolverle espesor humano a una mujer convertida primero en instrumento, después en estatua y finalmente en mercancía. Sin embargo, este descubrimiento puede convertirse ahora en una nueva pérdida. Bastan la negligencia, el odio o la avidez económica para devolver a Catalina al mismo ostracismo del cual tanto costó rescatarla.

En 2019 escribí un poema para interrogar el rencor que todavía persigue su memoria. Lo titulé «¿Sabes por qué odias a la India Catalina?». Ahora esa pregunta reclama otra. «¿Sabes cuánto daño le haces a la historia solo por intentar lucrarte con ella?».

 

 

Si le gustó esta historia…

Puede ampliarla con la tercera edición de Entre las huellas de la India Catalina. T
También pueden acercarse a su dimensión poética en «Poema 182. ¿Sabes por qué odias a la India Catalina?», escrito por Hernán Urbina Joiro en 2019.

 

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Hérnan Urbina Joiro

Escritor y humanista colombiano.

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