En «Penas guajiras», poema escrito en 1980, Hernán Urbina Joiro convierte el paisaje de La Guajira en una forma de conciencia. La tierra no aparece como simple escenario. Respira, cruje, guarda señales y acompaña el tránsito de quienes han aprendido a caminar bajo un sol que parece exigirle resistencia hasta a la piedra.
El poema pertenece a la vertiente social de su obra, pero su mirada no nace de la consigna. Surge de una sensibilidad atenta a la dignidad de los pueblos originarios, a su permanencia en el territorio y a la memoria que sobrevive en los caminos. Esa aproximación evita reducir una cultura a símbolo decorativo o convertirla en instrumento de intereses ajenos. La reconoce, ante todo, como presencia humana.
Uno de los mayores logros del texto está en la relación que establece entre la sed y la esperanza. El vaso de agua solicitado por la voz poética no representa solamente una necesidad física. Es también una imagen de cuidado, orientación y continuidad. Humedecer la boca permite seguir nombrando. Humedecer un dedo permite buscar el rumbo del viento.
La poesía social alcanza su mayor profundidad cuando no dicta respuestas, sino que despierta una responsabilidad interior. «Penas guajiras» no contempla el pasado desde la distancia. Lo aproxima mediante el polvo, el calor, el camino y la persistencia de una escritura que se niega a abandonar la esperanza.
Más de cuatro décadas después, el poema conserva su capacidad de interrogarnos. Nos recuerda que el paisaje también posee memoria y que escuchar una tierra exige escuchar a quienes la han habitado, recorrido y cuidado durante generaciones.
«Penas guajiras» forma parte de Poesía selecta, de Hernán Urbina Joiro. Aquí, en el video de abajo, un fragmento.
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