Escritor y poeta colombiano. Sitio oficial.

Cuando la ciencia me dio un premio y el miedo me dio un libro

Hernán Urbina Joiro junto al científico Manuel Elkin Patarroyo en una fotografía de época.

Personas y momentos que nos hicieron

Entrega 17

 

Durante una pasantía en biología molecular e inmunología en Bogotá, recibí otro reconocimiento por investigaciones médicas mientras resistía el miedo que imponía la violencia del cartel de Medellín. Sorpresivamente, el horror provocado por un hallazgo extraordinario terminó inspirando mi primer libro de cuentos.

 

Hay días que no terminan cuando cae la noche. Permanecen abiertos durante años, como una puerta. El 2 de septiembre de 1993 fue uno de ellos. Bogotá amaneció bajo una oscuridad que parecía venir de algo más profundo que el cielo. En enero, los relojes habían regresado a la hora antigua, después de haber sido adelantados sesenta minutos para enfrentar la crisis energética. Pero la ciudad continuaba viviendo en un tiempo trastornado. Desde hacía nueve años, los atentados del cartel de Medellín podían estallar en cualquier calle, a cualquier hora, y nadie sabía si regresaría a casa después de salir por la mañana.

La incertidumbre había alterado la respiración de Bogotá. Amanecía muy oscuro y la noche caía todavía más densa. En medio de aquella ciudad asediada existía, sin embargo, un lugar donde el tiempo parecía avanzar en otra dirección. Era el Instituto de Inmunología del Hospital San Juan de Dios, dirigido por Manuel Elkin Patarroyo, en el sur de Bogotá, rodeado por uno de los sectores más pobres y convulsos de la capital. Yo realizaba allí una pasantía en biología molecular e inmunología.

Atravesar la puerta principal del Instituto era abandonar por unas horas el estrépito de las calles y entrar en otra época. Mientras afuera el país parecía desgarrarse, adentro se estudiaban secretos íntimos de la vida. Había recursos extraordinarios para la investigación en química y biología molecular, equipos avanzados y las moléculas contestaban preguntas sobre el destino humano.

Instituto de Inmunología del Hospital San Juan de Dios en Bogotá
Instituto de Inmunología en Bogotá donde Hernán Urbina Joiro hizo pasantía en biología molecular e inmunología en 1993

Antes de las ocho de la mañana debíamos firmar el libro de entrada. Lo hacíamos frente a una enorme pintura de la Colonia que colgaba en el recibidor. Aquella imagen pertenecía a un tiempo remoto. Nosotros, en cambio, trabajábamos con genes, proteínas, enzimas y anticuerpos, como si el pasado y el porvenir hubieran quedado enfrentados entre las paredes del mismo edificio.

Los pasantes de química se dirigían hacia un salón donde unían aminoácidos uno por uno, como si ensartaran las cuentas invisibles de un collar. Después inyectaban aquellas proteínas en ratones para provocar la producción de anticuerpos. Los pasantes de biología molecular subíamos al segundo piso. Allí intentábamos identificar los genes que producían anticuerpos contra las proteínas fabricadas por los químicos.

Yo había llegado a ese mundo impulsado por la fascinación de comprender la enfermedad desde sus raíces más profundas. Aquella experiencia me condujo a obtener un segundo premio nacional por investigaciones médicas. El año anterior había ganado el premio Merck Sharp & Dohme al mejor trabajo de investigación del XII Congreso Colombiano de Medicina Interna. Pero en aquel sitio me aguardaba algo todavía más decisivo. Aquel 2 de septiembre, una celebración científica terminó convirtiéndose en un estremecimiento.

Las labores avanzaban con normalidad cuando el jefe de nuestro grupo levantó la voz. Nos miró con una mezcla de asombro y entusiasmo.

—Acaba de obtener Taq polimerasa —dijo mientras señalaba a uno de los estudiantes.

En el Instituto se habían agotado las existencias de aquella enzima indispensable para duplicar el ADN. Uno de los jóvenes investigadores había decidido extraer y hacer funcionar el gen bacteriano que la producía. Finalmente lo había conseguido. En aquel laboratorio moderno, aunque modesto, enclavado en el sur de Bogotá, acababa de obtener una pequeña cantidad de Taq polimerasa de gran pureza.

Casi todo el equipo celebró. Yo me quedé sentado y no podía moverme. Mientras mis compañeros festejaban el triunfo de la inteligencia y la perseverancia, una idea terrible acababa de entrar en mí. Comprendí que, si allí se había logrado hacer funcionar un gen bacteriano, en algún lugar del mundo alguien podría estar intentando hacer funcionar genes de otras especies, y no necesariamente para curar.

Pensé en combinaciones que la naturaleza jamás habría permitido. Pensé en criaturas nacidas de la arrogancia humana. Pensé en científicos capaces de atravesar límites morales porque la técnica les demostraba que podían hacerlo. Pensé en laboratorios ocultos donde el conocimiento, liberado de toda compasión, pudiera convertirse en una forma más sofisticada del horror.

Hasta ese momento había contemplado la ciencia como una fuerza destinada a aliviar el sufrimiento. Aquella mañana comprendí que el conocimiento no posee conciencia propia. Puede salvar una vida o deformarla. Puede curar una enfermedad o fabricar una pesadilla. Todo depende del ser humano que lo sostenga entre sus manos. Regresé a mi residencia con aquella perturbación dentro del cuerpo.

«Entré al Instituto de Inmunología para investigar los mecanismos de la vida.
Allí recibí otro premio nacional, pero salí perseguido por sus pesadillas
y, sin saberlo, con el primer latido de un libro de cuentos»

Esa noche escribí. No redacté un informe médico ni intenté ordenar una hipótesis científica. Escribí la vivencia que acababa de atravesarme. Necesitaba darle una forma a aquel miedo, encerrarlo en palabras antes de que continuara creciendo dentro de mí. Esa noche nació mi cuento «No jugarás». Aquel relato fue la primera respiración de un libro que todavía no sabía que estaba escribiendo. La ciencia me había concedido otro premio, pero también me había mostrado un abismo.

Seis meses después me encontraba en Ciudad de México. Supe por mi maestro Julio Granados que algunos norteamericanos se hacían congelar al momento de morir con la esperanza de ser revividos en el futuro por una ciencia más avanzada. La noticia produjo en mí la misma impresión que aquel descubrimiento del 2 de septiembre. Otra vez sentí que el tiempo podía ser violentado.

Volví a advertir que el ser humano no se conformaba con comprender la vida. Quería dominarla, prolongarla, reconstruirla y, si era posible, humillar a la muerte. Entendí entonces que aquellas inquietudes no cabían por completo en los lenguajes de la medicina y de la investigación. Necesitaban la libertad de la ficción. De aquel estremecimiento nació el cuento «Despertado en ayer». A partir de entonces comenzaron a surgir los demás relatos que hoy componen ese libro.

Hernán Urbina Joiro y el doctor Julio Granados en el Instituto Salvador Zubirán de México
Hernán Urbina Joiro y el científico Julio Granados en el Instituto Salvador Zubirán de Ciudad de México

No nació de una decisión editorial ni del deseo de convertirme en narrador. Nació de una perturbación insistente, de una pregunta que volvía y no me dejaba dormir, de cada instante en que comprendía que los mayores peligros de la ciencia no siempre proceden de sus errores, sino también de sus victorias.

Durante tres décadas, aquellas historias fueron acumulándose. Cada una parecía despertar en una oscuridad diferente, pero todas procedían del mismo desvelo. Eran relatos sobre la temeridad humana, sobre nuestra obstinación por cruzar los límites, sobre el instante en que el conocimiento deja de iluminar y comienza a producir sombras.

Yo había entrado al Instituto de Inmunología del Hospital San Juan de Dios para investigar los mecanismos de la vida. Allí recibí un segundo premio nacional por investigaciones médicas. Pero salí perseguido por sus pesadillas y, sin saberlo, con el primer latido de un libro de cuentos.

 

Si esta historia le interesó…

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Hérnan Urbina Joiro

Escritor y humanista colombiano.

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Hernán Urbina Joiro | Humanista colombiano
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