Escritor y poeta colombiano. Sitio oficial.

Cuando el nevado sepultó un pueblo

Niña atrapada entre los escombros después de la tragedia de Armero de 1985

Personas y momentos que nos hicieron

Entrega 10

 

Aquella tarde el cielo cambió de color y nadie supo leer la advertencia. Mientras el país seguía herido por otra tragedia, en un pueblo lejano una niña esperaba la noche sin saber que, antes del amanecer, todo cuanto conocía habría cambiado para siempre.

 

El 13 de noviembre de 1985, el cielo cambió irremediablemente de color. Lo vimos desde el Hospital de San José. No era el rojo limpio de un atardecer ni la luz encendida con que a veces el sol se despide. Era una tonalidad extraña, rojiza y amarilla, suspendida sobre la ciudad como una advertencia que nadie sabía interpretar.

Uno de los estudiantes dijo: «Eso no es bueno». La frase quedó flotando entre nosotros. Éramos jóvenes. Estudiábamos medicina, aprendíamos a reconocer los signos con que el cuerpo anuncia una enfermedad, pero ninguno sabía leer aquel síntoma del cielo.

Colombia todavía no terminaba de comprender lo ocurrido una semana antes en el Palacio de Justicia. Habíamos visto arder la casa de la ley. Continuaban apareciendo preguntas, versiones y silencios. El país parecía un cuerpo malherido. Aquel cielo rojo fue como una inmensa mirada, allá arriba, enrojecida de tanto contener el llanto por otra tristeza que estaba a punto de caer sobre el mundo.

Muchos años después, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez me contó en Cartagena que el cielo de Managua también se había tornado rojo la noche del terremoto de 1972. Desde entonces ambas imágenes se reúnen en mi memoria. Dos ciudades bajo una luz extraña. Dos pueblos que todavía caminaban, conversaban y regresaban a sus casas mientras sobre ellos parecía inclinarse un ojo incapaz de advertirles lo que venía.

Vehículo y escombros cubiertos por el lodo después de la avalancha que sepultó Armero
Vehículo y escombros cubiertos por el lodo después de la avalancha que sepultó Armero

En Bogotá, la noche llegó como cualquier otra. En Armero también. El Nevado del Ruiz había permanecido durante siglos sobre aquellos pueblos con la majestad distante de los ancianos. Blanco, silencioso, cubierto por nieves perpetuas, parecía proteger el valle desde lejos. A veces expulsaba ceniza, como un viejo que tosiera por instantes y después recuperara la calma.

Durante meses había dado señales. Se había elaborado y divulgado un mapa de riesgo. Científicos habían advertido sobre la posibilidad de que una erupción derritiera parte del hielo y enviara grandes corrientes de lodo por los cauces de los ríos. Sin embargo, las alertas no se transformaron en una evacuación clara y oportuna. Aquella noche, miles de habitantes permanecieron en sus casas sin comprender que todavía disponían de tiempo para alcanzar lugares más altos.

Tal vez esa sea una de las formas más dolorosas de la tragedia, saber después que hubo tiempo, que la distancia entre la vida y la muerte pudo medirse en dos horas, en una advertencia bien transmitida, en una orden que alguien debía pronunciar con claridad.

La naturaleza desató la avalancha. La imprevisión le abrió el camino. La erupción fundió parte de la nieve y el hielo. El agua descendió por los valles recogiendo tierra, árboles, rocas y cuanto encontraba. La masa oscura avanzó como una pared de barro, piedra y noche. Cuando alcanzó Armero, cerca de dos horas después de la erupción, sepultó gran parte del pueblo en pocos minutos. Cerca de veinticinco mil personas murieron.

A la mañana siguiente despertamos con la noticia. Armero ya no estaba. La frase parecía imposible. Una persona puede morir. Puede incendiarse una casa. Puede desbordarse un río. Pero ¿cómo desaparece un pueblo? ¿Cómo se borran sus calles, las camas donde dormían los niños, las fotografías colgadas en las paredes, las mesas aún servidas, los patios, los animales, los cuadernos escolares, los vestidos escogidos para el día siguiente?

Las noticias llegaban con imágenes que la conciencia se resistía a aceptar. Personas buscando a sus familias. Sobrevivientes caminando sin saber hacia dónde. Voces llamando nombres que nadie respondía. Brazos levantados desde el barro. Casas convertidas en restos sin puertas ni habitaciones. El fango había mezclado en una misma oscuridad los objetos más íntimos, los recuerdos y las historias de miles de seres humanos.

En mi poema Avalancha pregunté: «¿Quedó lágrima para llorar tras el torrente inmenso?». Colombia había llorado hacía apenas una semana por el Palacio de Justicia. Parecía imposible que todavía quedaran lágrimas suficientes para Armero. Sin embargo, el dolor humano posee una fuente terrible. Cuando creemos haberla agotado, vuelve a brotar. Las lágrimas también formaban parte del río.

Durante los días siguientes apareció ante el país el rostro de Omayra Sánchez. Tenía trece años, el mismo número del día en que el volcán hizo erupción. Quedó aprisionada entre el lodo y los escombros de su casa. Durante casi tres días permaneció atrapada, mientras socorristas y periodistas la acompañaban sin disponer de los medios necesarios para liberarla y mantenerla con vida. Murió el 16 de noviembre. En el poema escribí: «Hasta su muerte, de pie».

Antes de convertirse en símbolo, Omayra era una niña concreta. Había nacido para crecer, salir de la escuela, discutir, enamorarse, equivocarse, aprender un oficio, tener una casa y envejecer. Sin embargo, el mundo terminó conociéndola atrapada. Su rostro se convirtió en la superficie visible de una tragedia bajo la cual permanecían miles de rostros que nunca alcanzamos a ver.

Omayra hablaba. Daba las gracias. Preguntaba por su madre. Conservaba una serenidad que desgarraba más que el llanto. Al contemplarla, uno sentía que la infancia intentaba consolar a los adultos por no haber logrado salvarla. Tal vez por eso todavía duele pronunciar su nombre. Omayra. Un nombre breve en medio de una destrucción inmensa.

Tuvo miedo. Tuvo esperanzas de ser rescatada. Durante casi tres días sostuvo con aquella ilusión a un país que comenzaba a comprender que no podía salvarla. Su imagen también nos obligó a reconocer una verdad insoportable. No toda tragedia ocurre solamente cuando cae la naturaleza. A veces comienza mucho antes, en la advertencia que no se escucha, en el equipo que no se consigue, en el mapa que se archiva, en la autoridad que tranquiliza sin estar segura, en la pobreza que deja a unos más expuestos que a otros.

En el poema imaginé al nevado como un anciano de blancas cornisas, venerado desde lejos, con una tos ocasional de ceniza. No escribí así para absolver a la montaña ni para convertirla en un ser malvado. Buscaba comprender la relación antigua entre los pueblos y aquello que contemplan todos los días hasta creerlo inofensivo. Lo habitual también puede guardar una amenaza. El paisaje que refresca puede destruir. La montaña que orienta puede desaparecer bajo las nubes justo cuando más necesitamos verla.

La poesía intenta acercarse a esos contrarios sin resolverlos. Sabe que la belleza y el horror pueden habitar una misma cima, que la nieve puede alimentar los ríos y, al fundirse de golpe, sepultar un pueblo, que el agua puede dar vida y convertirse después en la materia de la muerte. En Avalancha quise retener aquel instante en que todo lo conocido perdió su forma:30 «Cuando corrió el ayer resbaladizo en riada de lodo». Eso fue también Armero, el ayer corriendo despavorido. El pasado no permaneció detrás. Se precipitó sobre el presente.

«Omayra Sánchez convirtió la tragedia de miles en un rostro imposible de olvidar.
Su serenidad, su espera y la ayuda que no llegó a tiempo
hicieron visibles no solo la fuerza de la naturaleza,
sino también el peso de las advertencias desoídas
y de las decisiones que nunca se tomaron»

Yo era un estudiante de medicina. Estaba aprendiendo que el diagnóstico exige observar, escuchar y actuar a tiempo. Quizá por eso me resultaba más doloroso comprender que la montaña había mostrado signos y que el país no había logrado convertirlos en una acción capaz de preservar miles de vidas. En medicina, una señal ignorada puede costar una vida. En Armero costó un pueblo.

Aquellos días transformaron también mi manera de entender la poesía. Comprendí que escribir sobre una tragedia no consistía en embellecerla. La belleza, cuando se acerca al sufrimiento, debe hacerlo con respeto. No puede usar a los muertos para exhibirse ni convertir el dolor ajeno en ornamentación. La poesía debía escuchar, preservar los nombres, preguntar por aquello que no se hizo e impedir que el número de víctimas ocultara que cada cifra había sido una persona irrepetible.

Por eso el poema vuelve al final a Omayra. Después de los torrentes, el volcán, los avisos confusos y la ciudad desaparecida, queda una niña. La inmensidad de la tragedia se vuelve comprensible cuando cabe en un solo rostro. «13 de noviembre, Omayra Sánchez, de apenas edad 13». La repetición del número parecía una oscura coincidencia. Trece años. Día trece. Una niña atrapada entre dos fechas, la de la avalancha y la de su muerte.

El 16 de noviembre dejó de resistir. Colombia continuó. Siempre continuamos. Se levantaron albergues. Llegaron ayudas. Se hicieron ceremonias. Con los años aparecieron investigaciones, memoriales, reconstrucciones y promesas de que aquello no volvería a ocurrir. Pero un país no continúa de verdad cuando pasa la página. Continúa cuando aprende a leerla.

La poesía no rescata cuerpos. No detiene volcanes ni hace retroceder los ríos. Pero puede mantener abierta la memoria. Puede pronunciar los nombres cuando las cifras amenazan con borrarlos. Puede recordarnos que debajo del lodo no quedó sepultada una multitud abstracta, sino miles de vidas que hasta aquella noche tenían una mañana.

Han pasado los años. El Nevado del Ruiz continúa levantándose sobre la cordillera. Armero permanece bajo la tierra y dentro de Colombia. Omayra sigue teniendo trece años. Y en algún lugar de mi memoria, sobre el Hospital de San José, el cielo todavía se pone rojo porque no ha terminado de llorar.

 


Si esta historia le interesó…

La memoria de aquel cielo rojo, del pueblo sepultado y de Omayra Sánchez quedó también convertida en el poema «Avalancha», escrito en 1985.

Te invito a leerlo: Poema 33. Avalancha.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Imagen de Hérnan Urbina Joiro

Hérnan Urbina Joiro

Escritor y humanista colombiano.

Compartir en redes sociales

Hernán Urbina Joiro | Humanista colombiano
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.