Escritor y poeta colombiano. Sitio oficial.

Cinco ataúdes andan por el pueblo

Personas y momentos que nos hicieron

Entrega 5

 

Creía que aquel sábado había quedado atrás. No sabía que ciertas escenas no permanecen en el pasado, sino que siguen avanzando en silencio hasta alcanzarnos muchos años después. Cuando comprendí lo que aquella tarde se había llevado conmigo, ya no era posible regresar.

 

Mi infancia no terminó lentamente. Terminó de un golpe. No se fue apagando, ni se despidió mientras mi cuerpo crecía y la voz comenzaba a cambiar. Terminó de repente, un sábado de octubre, cuando cinco ataúdes atravesaron las calles de San Juan del Cesar.

Yo tenía doce años. Hasta entonces el pueblo todavía podía caber dentro de mis juegos. En sus calles se levantaban los trompos, volaban las cometas y corríamos sin sospechar que un día el miedo también aprendería nuestros nombres. La muerte existía, naturalmente, pero permanecía distante, casi siempre rodeada por la edad, la enfermedad o el misterio. No había entrado todavía en mi conciencia como una voluntad capaz de perseguir a una familia y borrar, en unas horas, varias generaciones.

El sábado 29 de octubre de 1977 comenzó como cualquier otro día. A finales de la mañana se supo que habían matado al viejo Juan Aurelio, un hombre bueno, muy considerado por mis abuelos. Junto a él murieron sus hijos y nietos Jaime, Enrique y Jorge Luis, en una finca cercana al pueblo.

Entrada del cementerio de San Juan del Cesar bajo un cielo nublado
Cementerio de San Juan del Cesar.

La noticia corrió de casa en casa con la velocidad silenciosa de las desgracias. Nadie necesita gritar cuando el horror es demasiado grande. Basta una puerta que se abre, una persona que llega sin aliento, un nombre pronunciado en voz baja. Después, el pueblo entero comienza a saber.

En la tarde llegó otra noticia. Rafael había intentado perseguir por el monte a los asesinos. También había muerto. Entonces fueron cinco. Cinco hombres asesinados de una misma familia.

Cinco silencios avanzando hacia el pueblo. Del hospital salieron los ataúdes. Después fueron llevados al velatorio. No recuerdo aquella procesión como un desplazamiento. La recuerdo como una honda desgarradura que caminaba.

El primero debía ser Juan Aurelio, por ser el mayor. «Adelante, Juan Aurelio», escribí después. La palabra «adelante», que suele animar a seguir viviendo, se me volvió una orden mortuoria. Él debía abrir el cortejo. Detrás vendrían Jaime, Enrique, Jorge Luis y, más tarde, Rafael. Todos en caoba impecable. La madera brillaba, pero el pueblo había perdido el color.

La viuda salió a la calle a recibirlos. Pedía valor al cielo. Pero ninguna palabra humana podía sostenerla. Cuando vio acercarse el ataúd, se desvaneció hasta el suelo. No era solamente su cuerpo el que caía. Era el peso de comprender que alguien amado regresaba metido en una caja cerrada, que ya no habría una conversación, una mirada ni una respuesta. El ataúd se acercaba. Él no.

A los doce años contemplé aquella contradicción sin saber nombrarla. Los muertos estaban allí, atravesando las mismas calles por donde habían caminado, conversado y vivido. Sin embargo, ya no podían volver al pueblo. Eran sus cuerpos los que regresaban. Ellos comenzaban a marcharse para siempre. Desde entonces pienso que un entierro no conduce únicamente a los muertos hacia el cementerio. También obliga a los vivos a caminar hasta una frontera de la que nunca regresan siendo los mismos.

Aquel sábado, San Juan del Cesar acompañó cinco veces la muerte. Las campanas sonaron sobre un pueblo que no encontraba dónde guardar tanta tristeza. La iglesia de la Plaza Mayor recibió los ataúdes. El cementerio abrió sus puertas. Las calles permanecieron después en su sitio, pero ya no eran las mismas.

«La violencia no termina en quienes mueren.
También cambia la mirada de quienes la contemplan
y convierte la memoria en el último lugar
donde sus nombres pueden seguir a salvo»

¿Cómo podía un niño volver a jugar allí? ¿Cómo sacar un trompo y lanzarlo sobre la tierra donde acababa de pasar el cortejo? ¿Cómo elevar una cometa si el cielo parecía incapaz de sostener algo que no fuera el duelo? Por eso escribí «¿Trompos, cometas, quién se atreve a sacar donde se murió el color?». Los juguetes no habían desaparecido. Permanecían guardados en la casa. Pero el niño que podía usarlos sin miedo había comenzado a desaparecer.

Aquella fue una de las primeras veces en que comprendí que la violencia no mata únicamente a quienes reciben sus golpes. También entra en quienes contemplan sus consecuencias. Se instala en la memoria, modifica el significado de las calles y deja una sospecha donde antes había confianza.

Después de la matanza, el pueblo tenía que seguir respirando. Abrieron las tiendas. Se barrieron las puertas. Regresaron los animales a los patios. Las personas volvieron a saludarse. Pero algo quedó detenido en el día de la tragedia. Una conversación que nadie terminó. Una silla vacía. Un plato que ya no se sirve. Una madre que espera o sabe que no debe esperar. Un niño que descubre que los adultos tampoco pueden protegerlo de todo. Por eso escribí que aquellos cinco ataúdes «por siempre andarán».

No continúan andando porque el cortejo no haya terminado. Andan porque la memoria vuelve a sacarlos del hospital, los conduce otra vez hacia el velatorio, los detiene en la iglesia y después los acompaña hasta el cementerio. Andan cada vez que recuerdo aquel sábado. Andan cuando nombro a Juan Aurelio. Cuando aparecen Jaime, Enrique y Jorge Luis. Cuando imagino a Rafael entrando al monte detrás de quienes habían destruido a su familia. Andan porque algunas procesiones nunca concluyen.

En 1977 yo todavía no sabía que escribiría libros. Tampoco podía comprender de qué manera mi poesía comenzaba a organizarse dentro de mí. Solo sabía que algo necesitaba ser dicho. El espanto era demasiado grande para dejarlo sin palabras. Así nació mi Poema 6.

No fue escrito desde la distancia de quien estudia un acontecimiento. Fue la voz de un niño que acababa de contemplar cómo la muerte ocupaba el espacio de los juegos. Una voz todavía temprana, pero ya consciente de que la poesía podía guardar aquello que el tiempo intentaría dispersar.

«Masacre. Acaba una era en el pavor». Acababa mi infancia. No porque después de aquel día dejara de ser un niño ante los ojos de los demás. Seguía teniendo doce años. Todavía dependía de mi familia, asistía a clases y volvía a reír. Pero había perdido una forma de mirar.

Hasta entonces, el mundo podía parecerme peligroso a veces, pero conservaba un orden. Después comprendí que también podía romperse sin aviso. Que un hombre bueno, sus hijos y sus nietos podían ser arrancados de la vida en una mañana. Que otra persona podía salir tras los asesinos y convertirse en el quinto ataúd de la tarde. La infancia terminó porque conocí la fragilidad.

Comprendí que el afecto no bastaba para proteger a quienes amábamos. Que la bondad no era un escudo. Que la cercanía entre las personas podía hacer que una desgracia ocurrida en una finca estremeciera cada casa del pueblo. También descubrí que la memoria era una forma de resistencia.

Los asesinos podían quitarles la vida, pero no podían decidir la última imagen de aquellos hombres. Juan Aurelio continuaría siendo el hombre bueno que mis abuelos respetaban. Los otros seguirían perteneciendo a una familia, a una historia y a un pueblo que los había conocido antes de que la violencia pretendiera reducirlos a víctimas.

La poesía podía devolverles sus nombres. Podía impedir que fueran únicamente una cifra. Podía acompañar otra vez a la viuda cuando pedía valor al cielo. Podía conservar la caoba, el cortejo, la plaza, las cometas escondidas y el color que murió aquella tarde. No sé cuándo termina verdaderamente la infancia de una persona. Algunos la pierden al abandonar la casa, cuando conocen la pobreza o cuando descubren una traición. La mía terminó el sábado 29 de octubre de 1977.

Terminó mientras cinco ataúdes cruzaban San Juan del Cesar. Desde entonces comprendí que un pueblo puede quedar dividido entre el día anterior a una tragedia y todos los días que vienen después. El anterior conserva las voces, las costumbres y la inocencia. Los siguientes intentan reconstruir una vida que ya conoce demasiado.

Aquel sábado se murió el color. Pero quedaron las palabras. Y mientras el poema exista, los cinco ataúdes continuarán andando, no para prolongar la muerte, sino para impedir que el olvido vuelva a enterrar a Juan Aurelio, Jaime, Enrique, Jorge Luis y Rafael. Yo tenía doce años. Ellos avanzaban hacia el cementerio. Y mi infancia se fue detrás.

 


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Lo invito a disfrutar de mi poesía temprana, escrita entre 1974 y 1982: Canciones tempranas 1974-1982.

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Hérnan Urbina Joiro

Escritor y humanista colombiano.

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Hernán Urbina Joiro | Humanista colombiano
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