Tal vez una de las realidades más difíciles de asimilar sea nuestra propia finitud. Creemos erróneamente que la gloria máxima puede otorgarnos la ansiada inmortalidad histórica. Pero la verdad es que el inmenso poder jamás nos salva del tiempo.
El final oscuro y solitario también forma parte de la verdadera historia. Sin embargo, los recuentos oficiales suelen ocultar cuidadosamente estas etapas de decadencia humana. El materialismo histórico necesita nutrirse constantemente de victorias radiantes y próceres invencibles.
¿Qué ocurre entonces cuando el gran héroe simplemente ya no es necesario? Hablamos del momento exacto donde sus batallas terminan y la sociedad le da la espalda. Justo cuando deja de ser útil para el mundo, comienza a ser verdaderamente humano.
Esa es la grieta maravillosa que explora magistralmente Gabriel García Márquez. En «El general en su laberinto» no le interesa juzgar los aciertos de Simón Bolívar. Su aguda mirada literaria decide acompañar al hombre cuando todo el poder se ha ido.
No se trata de un ataque político ni de manchar la memoria del libertador. Es un bellísimo acto de profunda piedad narrativa a favor de lo puramente humano. El novelista nos recuerda que quienes transformaron radicalmente la historia también se cansan.
Todos ellos terminan enfrentando exactamente los mismos fantasmas que cualquiera de nosotros. Tienen que lidiar con el declive físico, la memoria frágil y el olvido amenazante. La literatura posee el poder único de permitirnos mirar de frente estas realidades.
Esta forma reflexiva de abordar el pasado nos ayuda a comprender los hechos profundamente. Lo logramos de una manera más honesta y sin la tóxica necesidad de idolatrar. Nos invita a reconciliarnos silenciosamente con nuestra propia fragilidad compartida como especie.
Las preguntas em torno a Bolívar frente a los límites del tiempo las desarrollo en mayor extensión en mi libro «La Ficción, la Historia y lo Humano».
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