Personas y momentos que nos hicieron
Entrega 14
Al final de mi calle comenzaba una aparición que transformaba la noche entera. Yo conocía el lugar exacto donde despuntaba y podía seguir su viaje hasta el río. Aquel recorrido celeste estaba unido a otra presencia. Las dos iluminaban mi mundo de la misma manera y las dos, al marcharse, dejarían su claridad suspendida sobre mi vida.
La luna nueva era una ausencia que seguía presente. La creciente abría un camino en la oscuridad, la luna plena cambiaba el color del pueblo y la menguante comenzaba a retirarse sin desaparecer por completo. Así era mi madre. Podía permanecer silenciosa, casi fundida con las labores de la casa, pero bastaba su presencia para que todo adquiriera una claridad distinta.
Antes de 1978, cuando San Juan del Cesar todavía no contaba con interconexión eléctrica, las noches eran verdaderamente oscuras. En la sala estaba encendido un quinqué de queroseno que apenas iluminaba los rostros, una mesa y parte de una pared. Afuera estaba la inmensidad de las estrellas en el cielo.
En esas noches, solía sentarme en el bordillo de la entrada junto a mi madre en su mecedora. Desde allí seguía el curso de las estrellas fugaces, trataba de distinguir algún satélite y buscaba figuras entre los astros. Ella, desde su silencio, también lo hacía. Mirar juntos era también otra manera de conversar.
La luna despuntaba siempre al final de la calle, en dirección a la casa de mi abuela. Ascendía lentamente hasta pasar casi por encima del patio de nuestra casa y luego continuaba hacia el río, donde terminaba ocultándose. Yo conocía aquel itinerario. Sabía dónde esperarla, cuánto demoraría en alcanzar la plenitud del cielo y hacia qué lugar debía mirar para verla partir.
Cuando aparecía la luna llena, las estrellas parecían retroceder. Las paredes, los árboles, los tejados, el polvo de la calle y las hojas del patio quedaban cubiertos por una claridad que no pertenecía enteramente al día ni a la noche. Era una luz capaz de revelar sin herir, de mostrar el mundo sin despojarlo de su misterio.

13Mi madre producía en mí ese mismo prodigio. Yo podía entretenerme con lo que había alrededor, pero, cuando ella aparecía, las cosas eran mejores. No necesitaba pronunciar grandes frases ni reclamar la atención de nadie. Su sola presencia restablecía una armonía que, sin ella, parecía incompleta.
Una madre también atraviesa fases. En ciertos momentos permanece casi invisible, trabajando para que otros resplandezcan. En otros, su influencia crece silenciosamente hasta iluminar cada rincón de la casa. Y llega una hora en que parece comenzar a retirarse, aunque su luz continúe sobre quienes aprendieron a vivir bajo ella.
Murió el 31 de enero de 2021 y no pude asistir a su sepelio por estar en medio de la pandemia por COVID-19. Por eso resolví ir a visitarla el día de su cumpleaños, el 16 de agosto. Para la ocasión escribí el Poema 207, «Hoy cumple años mamá». Nació como una búsqueda desesperada por los espacios donde su vida había quedado repartida. Con la voz del poema recorrí la casa repitiendo una pregunta que parecía llana, pero contenía toda la ausencia: «¿Dónde está mamá?».
Necesitaba encontrarla en el patio, la cocina, el zaguán o el cuarto. Cada lugar en mi mente conservaba una parte de ella. Sus gestos continuaban trabajando. La casa se negaba a aceptar que ya no pudiera verse.
En el patio lavaba y tendía la ropa. Las sábanas y las prendas blancas, agitadas por el viento, parecían enormes mariposas que ella inventaba cada mañana. Para mí, aquel oficio cotidiano se convertía en una creación. Mi madre no colgaba únicamente ropas mojadas: ella llenaba el patio de alas.
Allí también enfrentaba las tormentas. Cuando los vientos estremecían los árboles y los truenos hacían temblar la casa, rezaba a san Marcos. Aquellas oraciones conseguían calmar las aguas y acallar el cielo. Yo todavía no distinguía entre la fe, la coincidencia y el poder tranquilizador de su voz, pero sabía que, mientras ella rezaba, el miedo perdía fuerza.
En aquel mismo patio le formulé las preguntas que un niño hace al comenzar a descubrir su existencia. Quise saber quién era, de dónde venía y qué significaban las cosas. Ella no me ofreció respuestas abstractas. Me enseñó a observar, a presentir la lengua de lo que no habla y a confortar aquel entorno mucho antes de que yo intentara consolar a otras almas con mis versos.
También fue ella quien me enseñó a subir una escalera. No conservo únicamente la altura ni el temor inicial, sino su mirada invitándome a insistir peldaño a peldaño. Tal vez una vida entera pueda comenzar en una enseñanza tan sencilla: avanzar sin saltarse los pasos fundamentales, confiar en cada apoyo y no dejarse vencer por el abismo que queda debajo.
He debido ascender muchas veces desde lugares escarpados. Cada vez que consigo levantarme, algo de aquella primera escalera sigue sostenido por las manos de mi madre. Su lección no consistía solamente en subir, sino en comprender que toda altura se conquista sin abandonar el peldaño presente.
«Mi madre no iluminaba la vida porque hiciera desaparecer la oscuridad.
La iluminaba porque volvía visibles las cosas que el miedo, la tristeza o el cansancio intentaban ocultar.
Como la luna, le bastaba aparecer para que el mundo tuviera otro color»
La cocina guardaba otra forma de su luz. Allí gobernaba los sabores y los olores de la huerta: ajíes, culantros, yucas, malangas y limones entraban en un ritual que no se limitaba a preparar alimentos. Cocinar era su manera de restablecer el orden, reunir a la familia y asentar felicidad donde hubiera desgana.
A veces arriscaba el rostro para concentrarse y evitar cualquier distracción. Sus manos iban de un recipiente a otro con una seguridad que parecía antigua. Yo no sabía que una cocina también puede ser una forma de gobierno y que alimentar a los demás exige una sabiduría hecha de memoria, proporciones y afecto.
Ella tenía una medida interior. En el poema la sorprendí revisando la balanza de una totuma exacta para dar a cada quien lo justo. No recuerdo en ella discursos solemnes sobre la honradez. Su enseñanza estaba en la forma de repartir, cumplir y tratar a los demás. La justicia era la porción correcta, el cuidado equitativo y la negativa a quedarse con aquello que pertenecía a otro.
También podía encontrarse al final del zaguán, sentada en el lugar desde donde contemplaba al mismo tiempo tres puertas, un patio y la calle. Aquella posición parecía resumir su vida. Vigilaba la casa sin hacer sentir su vigilancia y permanecía atenta a quienes entraban, a quienes salían y a quienes necesitaban algo antes de saber pedirlo.
Su sonrisa no era estruendosa. Era serena, una manera de decir que, mientras ella estuviera allí, todavía existía un lugar donde descansar de los pesares. Quien llegaba a la casa encontraba en su presencia una forma de amparo que no necesitaba anunciarse.
En su cuarto sonaba la máquina Singer. Al coser inventaba personajes: de sus manos surgían vestidos, uniformes, prendas para estudiantes y ganaderos, ropas cotidianas y disfraces. La máquina producía una música constante, un ritmo de aguja y pedal que se confundía con la respiración de la casa.
Coser y escribir se parecen. Ambos oficios reúnen fragmentos, exigen medir, cortar, unir y corregir. Una puntada desacertada puede deformar una prenda, así como una palabra mal puesta puede quebrar el ritmo de una página. Mi madre creaba personajes con telas mucho antes de que yo intentara crearlos con frases.
También cubría los espejos durante las tormentas. Decía que los rayos podían mostrar en ellos los rostros de los muertos. Aquel gesto, que entonces me parecía misterioso, terminó dejándome una enseñanza más profunda: hay espantos que se anulan apenas lanzándoles un manto. No todo miedo necesita ser enfrentado con violencia. A veces basta una voz serena o la presencia de alguien capaz de afirmar que el peligro puede ser contenido.
Fue la primera persona a quien vi llorar por mí. Sus lágrimas no me hicieron sentir culpable. Me revelaron cuánto podía dolerle mi propio dolor. También la vi llorar de alegría al verme partir hacia algunos sueños y regresar después con otros. Allí conocí esa contradicción de las madres que desean proteger y, al mismo tiempo, deben permitir que los hijos se alejen.
«Eres el delicioso dolor de mi vientre», escribí, intentando nombrar la mezcla de gozo y sufrimiento que habitaba en su maternidad. Para una madre, el hijo es una presencia que un día estuvo dentro de su cuerpo y después comienza a caminar por calles que ella no puede controlar. Amar consiste entonces en aceptar una separación permanente, vigilar desde lejos y esperar el regreso.
El poema sucede el 16 de agosto, el día de su cumpleaños. Todos comienzan a preguntar por ella y alguien insiste en que hay que despertarla para felicitarla. La voz recorre la casa con la esperanza de encontrarla atareada en algún rincón, pero no está en el patio ni en la cocina, no ocupa su lugar en el zaguán, no suena la Singer y nadie responde desde el cuarto.
Pero siempre amó la madrugada. Entonces surge la posibilidad de que se haya ido allá a habitarla. No es una negación de su muerte, sino la búsqueda de un lugar que le encantaba y donde pudo ir. Mi madre amaba el alba, esa hora en que la oscuridad todavía no termina, pero la luz ya ha comenzado a regresar.
La luna también se retira antes de que llegue el día. Mengua, se oculta y desaparece, aunque no muere. Continúa su recorrido fuera de nuestra mirada y vuelve después, primero apenas insinuada, luego creciente y finalmente plena.
Así permanece mi madre. Algunas veces es luna nueva y no consigo verla, aunque siento su presencia. Otras aparece en un gesto, en un olor de la cocina, en el sonido remoto de una máquina de coser, en una ropa blanca que se agita como una mariposa o en una planta que parece necesitar consuelo.
Hay días en que regresa creciente y su memoria ocupa poco a poco la casa. En otras noches, especialmente cuando llega su cumpleaños, vuelve a estar completa y el patio, el zaguán, la cocina y el cuarto reciben nuevamente su claridad. Entonces comprendo que la muerte no consiguió apagar la luz que había dejado por aquí.
Bella Luna era mi madre. Mientras estuvo conmigo, yo podía contemplar las estrellas, las casas y los caminos, pero, cuando ella aparecía, todo lo demás se volvía más hermoso. No se marchó hacia la oscuridad. Se fue a habitar la madrugada, y allí estará despierta para siempre.
Si esta historia le interesó…
La memoria de mi madre, sus espacios, sus enseñanzas y la búsqueda que comenzó después de su muerte quedaron reunidas en el Poema 207, escrito en 2021. Lo invito a leerlo completo: «Hoy cumple años mamá».




