Ella todavía no sabe decir cuánto, y yo llevo cuarenta años tratando de explicarlo. Cuando Layla mira el mar veo en sus ojos aquella misma sorpresa que me atravesó cuando lo vi en 1986. Primero siente una alegría inmensa. Luego se queda atenta, como si escuchara una voz antigua que solo pronuncia su nombre. Yo viví y sigo viviendo lo mismo.
A veces la descubro contemplándolo por la ventana. No se distrae. Solo mira. Entonces sé que entre los dos existe esa fascinación.
Ella nació aquí, no por casualidad. Cartagena la recibió desde su primer aliento con el olor de la sal, el viento que entra sin permiso y ese rumor del mar que termina pareciéndose al corazón. Yo volví a nacer en esta ciudad en 1986 y regresé para siempre en 1999.
Ahora nos sentamos juntos frente al agua. Ella, con la vida apenas comenzando. Yo, con tantas olas navegadas. ¿A cuál de los dos le gusta más el mar. Tal vez a ninguno más que al otro. Tal vez el mar que nos quiere por partes iguales.




